jueves, 3 de octubre de 2013

UN CUENTO EN OTOÑO

No quiero que nadie crea en el relato que hoy vengo a contar, pero debo externar este sentir con mis plumas negras, relatar lo que una tarde de otoño con algo de lluvia sucedió…

Hace ya algunos años que frecuento un restaurante con la finalidad de beber café en una taza de fondo infinito, estar en la terraza de la locura (así la llamo), aunque el restaurante le ha dado el nombre de área de fumadores, como si fuéramos una especie extraña que debe ser vista a través de cristales y aislada del universo que se encuentra dentro del restaurante. Ahí, en esa terraza que ha sido fuente de inspiración para algunos de mis poemas y cuentos, observando a la gente que camina, los ruidos de una ciudad que busca su calma en las noches; ahí, sentado en ese lugar fumando un poco, bebiendo de mi café y en algunas ocasiones bien acompañado de un libro, es donde encuentro la calma de mi día.
En ese lugar he visto varias personas, de hecho ahí conocí a grandes amigos por el simple hecho de frecuentar el mismo lugar y pues, nos intercambiamos saludos y ahora somos amigos gracias a esa terraza para fumar; también he visto parejas romper su relación, concretar acuerdos o simplemente quieren disfrutar de un momento entre amigos o familiares. Entre todas las personas que han desfilado, una persona es de la que vengo a relatar el día de hoy. 
Desde hace un año, un hombre con la edad aproximada de sesenta años, bien vestido, presentable con un traje, pañuelo, corbata y mancuernillas. Cada día llegaba a la misma hora y se sentaba en la misma mesa, siempre con una buena combinación de ropa de la cual admiraba. Lo curioso no era la frecuencia a ese lugar, no era sus atuendos o la mesa que lo esperaba siempre a la misma hora sin importar el clima en turno; lo curioso es que cada día llevaba una rosa blanca. Él se sentaba, desdoblaba un pañuelo que hacía juego con la corbata y sobre el mismo ponía la rosa blanca. Pedía un café infinito, un vaso con agua y con hielos; rara vez ordenaba algo de comer, pero eso no importaba porque el hombre tenía siempre un libro que devoraba. Él se sentaba durante tres horas a leer, de vez en cuando cerraba el libro para dejar la mirada al vacío y reflexionar sobre lo leído. Fumaba, tomaba café y bebía de ese vaso con agua y hielo. Todos los días sin excepción el hombre repetía dichas acciones. Leer, beber, fumar, poner la rosa sobre su pañuelo y todo, en esa misma mesa.
Nunca cruzamos palabras, pero sabíamos que existíamos al compartir espacio en esa terraza. No me era extraño dicho ritual porque acostumbro a ir lo más frecuente que puedo a leer, fumar, escribir, beber café con mi agua con hielos. Era normal para mí sus acciones, pero él era mucho más constante al visitar el lugar.
Un buen día, de hecho fue hoy, llegué temprano a esa terraza para leer un poco y sin darme cuenta me senté en la mesa de ese hombre, bueno, la mesa que ha adoptado para su ritual. Yo estaba sentado, encendí mi primer cigarrillo para ver el humo en el ambiente frío de otoño porque cuando hace mucho frío, el humo se multiplica para danzar en todos lados y eso me fascina. Pase un rato leyendo y sin darme cuenta ese hombre llegaba a la terraza, apenas lo mire me di cuenta que estaba en su mesa. Al verlo ingresar al lugar, me levanté y le señalé que me retiraba a otra mesa para dejarle su lugar de siempre. El hombre sonrío, y asintió con la cabeza un gracias; tomé mi libro, mi taza, el servicio y todo lo que usaba para ese entonces, y me senté muy cerca de donde ese hombre se sentaría para dar paso a su ritual.
Pasó un tiempo así, cuando de repente el aire se tornaba más dulce, un aroma cítrico y dulce como una mandarina recién cortada. Quite el libro de mis ojos para apreciar el aroma y provenía de una mujer que oscilaba en los cincuenta y sesenta años. Bien vestida, abrigada con una hermosa chalina; ¡vaya! Una mujer muy guapa y con gran actitud. Lo curioso, es que esa mujer sacó un libro para comenzar a leer, lo que me hizo pensar que esa terraza no es de fumadores sino de personas que encontramos un santuario, un refugio para nuestra lectura. Cerré mi libro para admirar un poco con mi olfato el aroma que esa bella dama en la terraza ha dejado; cerré mis ojos porque ese perfume me recordó una época muy hermosa de mí vida, suspiré y sin quererlo, giré mi rostro; ¡vaya, mi sorpresa!

El hombre que siempre frecuentaba el lugar, con su ritual, con su rosa blanca, y bien vestido; se levantaba, aclaraba la garganta y tomaba la rosa blanca en la mano derecha. Con mucha actitud se acercó a la mesa de esa mujer que leía. Yo no podía creer lo que estaba presenciando, incluso llegué a pensar que era probable escuchar la canción Nessum Dorma por el atrevimiento de dicho hombre. Fue aún más grande mi sorpresa al ver que ese hombre se presentaba con gran caballerosidad, hacía una reverencia y le entregaba la rosa blanca a la dama. La mujer observo la rosa, sonrió y la tomó para olerla; él pronuncio estas palabras:

-¡Hola! Desde hace muchos días estaba esperando que llegaras a esta mesa y nos encontráramos.

La dama sonrió otra vez, e invitó al hombre a sentarse con ella. ¿En verdad? ¿Estoy presenciando lo que creo estoy presenciando? ¡Bárbaro!
Esas dos personas conversaron un poco más, y al verlos denotaban una enorme felicidad que no me es posible describir sin que una lágrima rodé por mi mejilla. La escena era maravillosa, una tenue lluvia de otoño, fresco y frío viento, la noche se aparecía y las luces del restaurante no encendían dejando un ambiente bohemio para disfrutarse. El caballero pido la cuenta, se levantó para mover la silla de la dama y pedir su mano para que ella se levantara; un verdadero caballero digno de admirarse. Aun así no podía creer el ser testigo de tan increíble escena de encuentro, un comienzo para una historia de amor.
Cuando estaban por salir de la terraza, el hombre se acercó a mí para agradecerme el haberle cedido la mesa de siempre, ya que me explicó rápidamente que ese encuentro era algo que él había soñado desde hace tiempo. Me agradeció el gesto que tuve con él, y antes de irse me regaló su encendedor de combustible. Ahora si no podía creer lo que ocurría.  El caballero abrió la puerta para que la dama saliera, y se despidió de mí con un ademán.
Sigo sin creer lo ocurrido, y fue peor cuando vi con atención el encendedor de combustible.
En uno de sus costados del encendedor negro, tenía la siguiente inscripción:

“Los cuervos saben esperar”

Sonreí al leerlo, y me sentí extraño pero de cierta manera muy feliz. Siento que ese caballero me ha dejado la estafeta para la espera de un sueño, pero lo mejor de todo esto, es que siento que la botella con mi mensaje dentro está por llegar a quien debe llegar.


Aquí estoy. No tengo miedos ni dudas.
Aquí estoy listo para conocernos y comenzar a escribir
una historia juntos.
No sé tu nombre, no sabes el mío;
y no sabemos que existimos hasta el momento en que nos veamos.

Sé esperar, pero sé encontrar.




LA ESCULTURA


Las mejores personas son aquellas que nos dejan su mensaje como una semilla dentro de nosotros, que con el paso del tiempo germina y nos brinda enormes frutos, de los cuales, se vuelven semillas para las demás personas. Una persona que implanta en nosotros una semilla de esperanza, alcanza la eternidad mediante su mensaje…


Hace tiempo, en una ciudad del Norte de México; un escultor de edad avanzada del cual no se sabía mucho porque su vida ha sido muy enfocada a sí mismo, sus creaciones, su imaginación; fue contratado por el gobernador de esa ciudad para crear una escultura en homenaje a lo que él consideraba lo más puro de la humanidad: la esperanza. El escultor que tenía un estudio con grandes maestros literarios convertidos en libros y muchas herramientas de pintura, meditó durante algunas noches y sus días bajo su ventana, ahí, observando la ciudad y poder lograr transmitir a su creación la esperanza. Observó todo lo que pudo observar pero veía caras tristes y caras con máscaras en dondequiera que él mirara.
Con cada día se daba cuenta del por qué el gobernador quería una escultura que denotara la esperanza, y era porque la ciudad ha perdido esa esperanza; y que la gente en esta ciudad no es feliz y finge ser feliz. El dinero, las preocupaciones, el amor artificial, las quejas mal hechas sin propuestas, la pérdida de valores y de sus letras; todo un compendio perdido que sólo la llegada de la esperanza salvará a esta ciudad.

En uno de esos momentos donde se dice que llega la inspiración, el escultor bajó a su taller y empezó a fundir bronce y hierro; realizó una estructura para su obra. Pasó varios días ahí metido hasta que terminó lo que él consideraba su mejor obra, su obra maestra. Habló con el gobernador de inmediato para informarle de que ha finalizado tan honorable tarea y al día siguiente llegaron unos hombres fuertes en un camión para llevarse la escultura bien envuelta en mantas blancas para colocarla en el centro de la ciudad.

El día de la develación oficial de la escultura que regresaría la esperanza a la ciudad, hubo una banda tocando todo el tiempo, globos de colores en todos lados y una pancarta enorme con la leyenda: “¡Bienvenida esperanza!” Era una gran fiesta, la cual culminaría al momento de quitar las mantas de la escultura. El gobernador a media tarde, dio un discurso donde se protagonizó con todo el crédito de la obra pero al escultor no le importaba la fama, sino el mostrar su pieza maestra. Tronaron cohetes, la banda a todo pulmón y el repique de las campanas de las parroquias, todos a la expectativa de la escultura que regresaría la esperanza a la ciudad.
Al finalizar el discurso, el gobernador jaló la cuerda para descubrir dicha pieza. El silencio fue sepulcral…
La estatua era un hombre de pie, vestido con un traje elegante, las piernas un poco separadas como a la distancia de sus hombros; los brazos a los costados y levemente separados del cuerpo. En la mano derecha tenía un martillo y la otra estaba completamente abierta. El color de la estatua era gris pero en varias tonalidades de gris que daban un efecto de claroscuros en todo su cuerpo, pero lo más sorprendente es que este hombre estaba en posición como esperando algo o alguien, pero sin rostro. Tenía la forma del rostro pero no había nada en él. No tenía una máscara, sólo no tenía rostro.
El escultor estaba llorando de emoción al ver su obra maestra pero la reacción de la gente convocada fue de enojo y comenzaron a abuchear, maldecir y otros más agresivos tenían la osadía de aventarle cosas a la estatua. El gobernador muy molesto, hizo apresar al escultor bajo los cargos irrisorios de abuso de confianza, mal uso de los fondos del gobierno y faltas a la moral. No era de extrañarse que también lo acusaran de traición a la patria. Los policías se lo llevaron pero el escultor nunca dejó de mirar su obra a pesar de que le arrojaban basura a su creación, él estaba feliz.
Pasada la tarde, la multitud se disipó pero una niña con una hermoso vestido blanco como esas muñecas de porcelana de los días nostálgicos y con un libro bajo el brazo. Una hermosa niña de pelo negro y lacio, ojos profundos de marrón intenso, piel blanca y un rostro hermoso como ángel del más brillante cielo. Esta niña se acercó a la estatua y con su pañuelo comenzó a limpiarla un poco, luego se sentó a los pies de la misma y empezó a leer su libro.
Cada tarde desde que develaron la escultura, esa niña iba a sentarse a leer un libro. Al tercer día, unos niños se burlaban de la estatua antes de que llegara la niña con su libro; se subieron hasta la cabeza para pintarle un rostro de payaso. Los niños se fueron riendo de su travesura y cuando llegó la niña, una lágrima rodó por su mejilla. Dejó el libro en el piso y como pudo, se subió hasta el rostro, con fuerza limpiaba la escultura. La niña lloraba y lloraba por lo que le hicieron a ese hombre de bronce y hierro. Pasó la tarde y parte de la noche limpiándola, cuando al fin termino, abrazo el rostro sin rostro de la estatua y le dijo: “No porque no sonrías todo el tiempo, no significa que no eres feliz”. Le dio un beso en donde debería estar la mejilla y con mucho cuidado bajó.

Mientras tanto, el escultor en la cárcel se sentaba a mirar por la ventana con barrotes; él ya no comía, no quería comer nada por qué estaba triste, muy triste por lo que le habían hecho a su obra maestra. Al séptimo día de la develación, el escultor cayó al piso porque su cuerpo no resistió la depresión que le fermentó durante todo este tiempo. Nadie extrañó ni preguntó por el viejo escultor; le dieron una sepultura de anónimo y lo enterraron con olvido. Esa misma tarde, la niña volvía a la estatua a leer un libro pero llegaron camionetas con cadenas y mucha gente que reclamaba el quitar la escultura. La niña lloraba al ver las acciones de las personas y un par de mujeres tomaron con fuerza a la niña para que los hombres pusieran las cadenas alrededor de la estatua y las camionetas la derribarían. En un descuido de esas dos mujeres, la niña se liberó de los brazos que la aprisionaban y fue a abrazar a la estatua, y llorando le decía: “No porque no sonrías todo el tiempo, no significa que no eres feliz”. Los hombres de las camionetas no se percataron de la niña y los gritos de las personas no fueron escuchados por los motores de esas máquinas. La estatua cayó, pero la niña estaba debajo de dicha estatua. Las personas se acercaron al lugar con extremo silencio y pesar; a los hombres de los vehículos les informaban lo que pasó y empezaron a llorar como las demás personas reunidas en ese lugar. La voz de un hombre gritaba: ¡No está la niña! ¡¿Dónde está la niña?!
En eso, una luz brillante como el sol comenzó a emanar desde abajo de la estatua y se revelaba la identidad de esa pequeña.
Una mujer hermosa de túnicas blancas ondeando por todo su cuerpo, con hermosa piel blanca de porcelana, larga cabellera negra y un rostro lleno de belleza deslumbrante, y semblante sereno. Un par de alas blancas extendidas que impresionaban a todo el espectador que ahí se reunía. Esa mujer los miró con decepción, se llevó las manos al rostro y comenzó a llorar dolorosamente. Luego se hincó ante el hombre de bronce y hierro, y parecía que ella le acariciaba el pelo con sus manos, como consolándolo de ser derribado.
Las personas se volvieron en llanto ante la imagen que observaban. Un hombre se limpió el rostro con su brazo y con una expresión de coraje, fue hasta la estatua caída, y con sus manos intentaba levantarla; los demás al verlo, siguieron su ejemplo. Usaron lo que tenían a la mano como tablones, cadenas, piedras y mucha fuerza humana. Después de varios intentos y mucho esfuerzo, levantaron la estatua para colocarla en el lugar que estaba. Todos gritaban de júbilo por su acción y la dama de luz con alas, sonreía, miraba a las personas muy agradecida. Los vecinos cercanos trajeron comida y bebida para los demás. Inflaron globos, la banda se reunió y tocó toda la noche. La ciudad estaba llena de alegría. Esa dama de luz comenzaba a destellar con gran fuerza, y voló a las estrellas para convertirse en un astro más en el cielo pero era una estrella que brillaba más que el resto de sus compañeras estelares.

Desde entonces, la ciudad cambio por completo. Todos eran felices, amables unos con los otros, y así durante varias generaciones. Una gran época de paz y prosperidad para sus familias y habitantes de esa nueva ciudad.
Los visitantes que llegaban a la ciudad, les extrañaba que el icono más representativo de ese lugar fuera una estatua de un hombre sin rostro pero no faltaba un habitante que relatara el porqué de la estatua y lo que significa para ellos.

En la base de la escultura, recientemente le han añadido una placa en bronce muy bonita con la siguiente leyenda:

“¡Bienvenida la esperanza!”
-Escultor anónimo-


-Luis Antonio González Silva-




HISTORIA DE AMOR

Dentro de un bosque en plena tormenta, donde centellas, relámpagos y truenos caían; invadían la tierra. En esa noche, una rama fuerte de un árbol frondoso soñaba con el viento pero cayó a causa del rayo y su estruendo. Pasaron días en que alguien al bosque visitara. Un hombre de ya muchos años en los ojos, con la caoba obscura en su piel y la blancura de las nubes en su rostro se posaban. Arquímedes es su nombre. Él viaja a los bosques a pensar, recolectar una piedra o madera para pasar el tiempo y esta vez cuando visitó el hogar de los santos inmortales verdes, observó con detenimiento la rama que la tormenta ha dejado en el suelo. Algo a él le decía que esa rama, ahora madera en el piso, tenía un sueño que le habían arrancado los dioses del trueno; hubo una conexión mágica, de esos momentos que vemos en los cuentos de hadas. Él tomó con sus brazos el trozo de árbol, lo arrastró hasta su casa, una leve cabaña lúgubre pero cómoda para sus necesidades de observar la vida que no le correspondía.
Dentro de la cabaña paso 21 días sin salir de ella, viviendo de carne seca, agua y algo de fruta; pero fueron días en que estuvo tallando, cortando y lijando madera. Arquímedes pensaba que le hacía bien vivir tan lejos porque hace muchos veranos, él y su esposa caminaban por la ciudad donde se habían enamorado. Paseaban y caminaban, enamorándose cada tarde, cada día más. Eran tiempos difíciles, rumores armados y conflictos sin motivos mas que la idea de independizar a los de abajo de los de arriba. Esa tarde caminando; era la tarde más hermosa en muchos años, las aves cantaban en júbilo del día, las flores sin rostro pero sonreían. Era la tarde más hermosa jamás escrita y no era necesario describirla porque era tan hermosa que se debía vivirla. Las aves callaron, emprendieron el vuelo. Se escucharon truenos pero las nubes eran tan blancas como la pureza de un sueño; hombres desgarbados con sed y hambre de algo, y con bastones humeantes en mano; gritaban el júbilo del cambio. Más estruendos fueron escuchados, la paz fue interrumpida por dar paso a los cambios con ideas revolucionadas con libertad y años de gran paz. Arquímedes protegió a su esposa de las palabras de plomo que escupían las armas humanas, bastones de muerte. En el último acto de amor; ella, su esposa, giró y abrazó a su amado esposo, un trueno le partió la piel, llegó a sangrar su alma y su cuerpo. En último suspiro después de ese último acto de amor; ella dijo apagando su luz en los brazos de él: “Yo siempre estuve más enamorada de ti, esposo mío. Pensar en vivir sin ti es la peor de las muertes. ¡Vive, Arquímedes!, que yo viviré en cada parte de ti…” Con el corazón completamente destrozado, hizo frente a su dolor. En sus brazos, su amada murió. No le dieron oportunidad de despedirse de ella con un beso en la frente porque de un golpe encontró el suelo por ser considerado un hombre que simbolizaba estar en contra del cambio, un cambio que Arquímedes desconocía, un cambio del cual no formaba parte, mejor dicho, un cambio que le destrozó la vida.


Arquímedes salió al día 21 de su cabaña con un hermoso objeto en sus manos. Quito madera, talló hasta que sus manos quedaron entumidas del dolor, perdió toda sensibilidad en brazos por días pero su meta alcanzó. Hizo con la madera una hermosa bailarina de ballet, con una pierna en el piso, la otra al viento y las manos alcanzando el cielo. Era hermosa su bella escultura que lijó arduamente, puso empeño en cada detalle como las formas de sus ropas, rostro y manos. Hermosa bailarina de la madera que hace días de un árbol por un trueno cayó. Le dio el sueño que tenía, soñaba con el viento y ahora, es una bailarina que danza pero pareciera que viaja en el mismo viento. Orgulloso de tal proeza, regresó al bosque muy cerca de una cascada donde el arcoíris era eterno. Colocó la bailarina sobre una roca, él se sentó enfrente a ella para admirarla por horas y comenzó a recordar a su amada, Leonora.


Él, caminado por las calles de una vieja ciudad, tan vieja que aún la historia se escribe en ella; caminaba con su atuendo recién hecho a su medida con telas no muy finas, pero parecían. Sabía que todo su dinero se había gastado, pero él soñaba con pasear elegantemente por las calles que lo han formado. Cuándo una ráfaga de viento del Sureste le voló el sombrero y Arquímedes corrió en persecución del sombrero pero sumergido en su labor no sé percato que sin querer a una hermosa dama golpeó. Tan hermosa como el sol, con ojos acaramelados, piel de porcelana y su cabellera muy recogida, así es como se acostumbraba para las bailarinas de ballet. Al momento de verse, después de tan tremendo encuentro, se dieron cuenta de que se han encontrado. Desde esa tarde caminaron juntos por las calles que los formaron; primero en carácter de cortejo, luego en noviazgo hasta llegar a ser los mejores esposos que esa ciudad ha formado.


Arquímedes pasó algunos días sentado viendo su escultura, observó como el sol la bañaba, la acariciaba y el leve rocío de la cascada la envolvía en tiernos y pequeños arcoíris. Pasó muchos días ahí sentado, admirando el recuerdo, símbolo de esa bailarina. Miró, observó, respiraba para seguir observando; hasta que una hermosa tarde en ese bosque como nunca se había visto en años, Arquímedes se durmió y nunca más despertó. Al día siguiente, unos hombres llegaron al bosque para buscarlo, decirle que el cambio ha sido completo y que ahora la paz se respira para todos lados, hasta donde la vista alcance; al final, el cambio, y la paz han llegado.
Se dieron cuenta que el hombre ha muerto; se santiguaron en señal de respeto, le dieron una sepultura cerca de la cascada, ahí, donde obtuvo el sueño eterno. Uno de ellos se percató de la hermosa bailarina, se dio cuenta que era un magnífico trabajo en madera. La tomó con mucho cuidado porque la pequeña escultura demostraba un gran amor y dedicación en su tallado. Ya en sus manos, el hombre la examinaba con mucho detenimiento y en la base de la misma, había una inscripción:

“Yo siempre estuve más enamorado que tú, amor mío. Vivir sin ti ha sido una muerte. Ahora, nuestro amor vivirá en esta escultura, juntos, como parte de la tarde en que te conocí.”

El hombre conmovido por lo leído, miró a sus compañeros y con lágrimas en los ojos les mostraba todo lo que esa hermosa bailarina representaba. Los hombres gritaron en su júbilo y se fueron escoltando alegremente al hombre que portaba en sus manos la escultura.

Arquímedes encontró la muerte muy tarde, él deseaba morir apenas se levantó consiente esa tarde, pero las palabras de su amada le prohibieron la muerte temprana: “¡Vive, Arquímedes!, que yo viviré en cada parte de ti…” Darse la muerte temprana era como asesinar el amor por ella. Vivió años y años pensando sólo en ella, hasta que la muerte lejana lo alcanzó, así como ese rayo que derribó la rama de aquel árbol. Ahora, la bailarina de ballet hecha de madera que soñaba, se exhibe en un museo, con un nombre apropiado “La bailarina del viento” y con una inscripción en metal que conmemora el cambio que ahora se tiene, porque los hombres han considerado a la bailarina de Arquímedes, su símbolo de libertad.

Si me lo preguntan, la inscripción de libertad y simbolismo de un cambio a la paz en letras en metal para la posteridad; debió decir:

“¿Qué culpa tienen los inocentes ante los cambios que proceden con sangre?”


Sea como sea, ahora Arquímedes y su Leonora, caminan entre nubes en cada tarde hermosa.