domingo, 1 de mayo de 2016

¿ASÍ ESCRIBES POESÍA? (#CazandoMusas)

Lo sabe, ella lo sabe; miro la prenda fijamente sintiendo como tocaría su piel; la tocaba con la mirada, sentía la textura de la misma y deseaba comprarla. En su mente una frase “la ropa interior más bonita es aquella que será retirada”.
Ella tenía muy claro lo que quería, sabía lo que algo así provocaría y lo tenía en sus manos. Al llegar a casa tomo el objeto del deseo, le pasó los dedos varias veces, trataba de descifrar la textura, aprenderse cada relieve, imaginando como se amoldaría a su figura. Se miró al espejo, notó esa mirada de demonio prenderle fuego a su alma. Giró la cabeza para alcanzar su teléfono y capturó un poco de esa prenda en una fotografía; sonrió, pensó un momento lo que haría y mandó un mensaje con la imagen.

“Quiero verte…”

No tardó en recibir contestación, pactando el encuentro.
Después de un beso de saludo, perfumándolo con su presencia, provocándolo a todo instante desde ese momento. Ella con un vestido negro que le entallaba la figura, dejando al descubierto ciertas partes de ella, las necesarias para que él soñara, la deseara.
Una cena con luz de velas, música que envolvía cada sentido para una atmósfera que se guardaría en los recuerdos. Entre algunas copas de vino, una conversación inteligente, bromista y seductora, se fueron jugando los dados del destino para comenzar una batalla de miradas y caricias para dejar al descubierto el siguiente paso de la noche.
Al salir de aquel lugar, ella optó por adelantarse un poco, quería que él la viera caminar, que observara sus caderas, escuchara su calzado con cada paso, que imaginará la ropa interior que ella traía puesta. Llegando al automóvil, él abrió la puerta, le tomó la mano para ayudarle en ese gesto de caballerosidad que ahora tenía un roll importante, ya que es el preámbulo a un encuentro más.
Dentro del vehículo, reproduciendo algo de música de jazz, algunos acordes para seguir ambientando el momento; dejando que en cada luz roja él pudiera observarla, decirle palabras sobre sus ojos, acariciar su piel con palabras, seduciéndola con la voz. Ella reaccionaba con sonrisa, jugando con su pelo… pero sobretodo, con esa mirada de demonio.

Ella lo sabía, lo tenía pensando en una sola idea. Dentro de su apartamento, se encendieron velas de canela, un poco de luz cálida para el momento. Continuaron esa conversación maravillosa sobre los destinos del ser humano y la filosofía, algo que entre dos amantes se avivaba, sólo entre dos amantes que se conocen, saben perfectamente que una conversación así aumenta la libido, los provoca.
Al tenerlo frente a frente, con esa mirada que incendiaba, marcaba su territorio sobre su piel, lo reclamaba como suyo. Tenía la seguridad de que él haría todo lo que dijera.
—Dime —dijo ella—… ¿cómo hace el amor un poeta?
Él se acercó, la tomó por la cintura; sus labios rozaban su mejilla, con la nariz acariciaba su piel para permitirse disfrutar de ese aroma dulce y frutal que su cuerpo tenía; respiró sobre ella, reaccionó mostrándole más y más su cuello, como guiándole, diciéndole de una manera sutil los lugares que él debe visitar.
La mano de él bajó un poco por su espalda, lograba sentir con algunos dedos la marca de la prenda interior; ella sabía que estaba imaginándola sin el vestido, sabía que él deseaba arrancarle las ropas. Esos pensamientos le excitaban. Bajó la otra mano a sus caderas para seguir inspeccionando con el tacto los relieves de la misma; ella tomó su rostro con ambas manos, lo besó rápidamente, fugaz; trató de salir de los brazos de él pero no se le permitió, no era su intención, sólo buscaba darse la media vuelta.
—Entonces —dijo ella—, ¿cómo hace el amor un poeta, eh?
Las manos de él bajaban por su vientre, subían un poco y volvían a bajar para ir llegando nuevamente a ese relieve que su mente iba generando.
La besó en el cuello. —Un poeta hace el amor como escribe poesía… —dijo.
Las caderas de ella se movían un poco, un andar sinuoso, lo necesario para seguir provocándole.
—¿Cómo es eso? —preguntó ella.
Él dejó una mano en su vientre y la otra buscó descubrir su oído, lo besó, respiró suavemente en su piel.
—Con pasión… —respondió.
Extendió su brazo, los labios de él fueron a besar su mano, ir subiendo, poco a poco hasta su cuello.
Al tenerla otra vez así, comenzó a recitarle un breve poema entre besos.

Piel besada por el sol…
carácter de fuego,
mirada de infinito;
besada por el sol, canela,
aromática: jazmín, granada y menta.
Labios de membrillo
rodeados por los besos del sol.

La giró, la tomó con fuerza para mirarla fijamente a los ojos… podía ver un brillo especial en su mirada, el demonio ha salido por completo. Ella estaba por decir otra pregunta pero sus labios fueron sellados con los de él. Un beso que les sabía a lujuria, la puerta al deseo se ha abierto y ellas van entrando. Las manos de ella rodearon su cuello, lo anclaron a su boca mientras que las manos de él bajaban, bajaban hasta tener nuevamente sus caderas para él.
Un beso que los tomó sin aviso, los llevó lejos; ella se desprendió del momento para tomarle la mano, caminar con él hasta la habitación pero se detuvo de golpe para decirle al oído: “Desnúdame….”

Entrando a la habitación, él la volvía a besar, tomaba sus manos que dejaba un momento al aire para ir bajando, arrodillándose ante ella, besándola, acariciando cada parte, como pidiéndole permiso… de pie, él la llevó a sentarse, con suma delicadeza la desnudaba, le retiraba las prendas con besos, lamía, besaba; hasta que por fin logró divisar esa ropa interior que fue el delirio del día.
Ella sabía que el juego ya estaba jugado, los deseos bailaban por el ambiente, sus cuerpos se reclamaban, sentían un fuego andarles por completo. Ella le desnudó, le arrebató la camisa, los pantalones; lo tenía desnudo con su aroma, con su calor y su lujuria.
Llegaron más besos, se provocaron, él quería retirarle esa ropa interior pero guardaba su distancia, sólo la tocaba, jugaba a entrar, a romperla, la dejaba y continuaban los besos. En un acto lleno dominado por sus instintos, liberó su pecho del brasier muy lentamente, un sello más que se ha roto para consumar la unión de dos amantes que viajan juntos a los terrenos donde el tiempo y el espacio se han perdido, dejarlos solos con el cuerpo, con una sola carne en los labios del amor.
La última prenda fue retirada con los labios de él, muy despacio, a cuenta gotas; ella sabía, sintió todo esto en ese momento que observo la prenda, sabía de esto, lo imagino, fantaseo el acto y lo disfrutaba; se tenían ahí, desnudos, besándose, descubriendo cada secreto que sus cuerpos guardaban dentro de la complicidad de la noche.
Dos amantes que se buscaron en un juego donde la imaginación fue dándoles los pasos a seguir, sus cuerpos se unieron en una armoniosa y seductora danza, un ritual amatorio que sólo los amantes tienen, sólo ellos saben de tenerse, de extrañarse, de cultivarse las palabras debajo de la lengua para dejarlas en la piel del otro; nadar juntos en los mares del placer para anudarse en un solo cuerpo, tocar el cielo y los infiernos en un suspiro y hallarse dulces, satisfechos, con la respiración entrecortada, buscando vida después de haber muerto en la gloria dulce del orgasmo.

Ella se abrazó a él, ambos desnudos en la cama; un momento de ternura y confesión, vulnerables, cansados.
—¿Así escribes poesía? —Preguntó ella.
—Así es como te escribo sólo a ti… sólo a ti. —La besó.




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RELATO: ¿Así escribes poesía?
AUTOR: Luis Antonio González Silva
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