domingo, 27 de marzo de 2016

ESPERO ESTA CARTA NO LLEGUE TARDE (cuento)

El sueño sigue, llega a la misma hora para volcarme a ese mundo donde tomas mi mano, sonríes, ¿sabes?, esa sonrisa recién amanecida, esa que hasta el mismo sol espera cada mañana. Te observo, sabes que necesito contarte algo, que tengo en el pecho algo viviendo, algo negro que no me deja en paz… pero me detienes, callas mis labios con un toque de tus manos, como siempre lo hacías para luego abrazarme, convencerme que todo está bien.
Tomas mi mano, sientes las marcas en ellas y sabes bien de qué son pero aun así  conservas la sonrisa, con una mirada para que no preocupe de ello; tomas mi mano con más fuerza, me llevas contigo, nos vamos caminando por estatuas que se guardan en un jardín y que con cada paso parecieran que volaran alrededor nuestro. Caminamos, te observo, entramos a un espacio enorme con cientos de fotografías que son los momentos congelados en el recuerdo. Esa vez que usaste mi camisa, cuando curaste mi espalda de aquella agresión del rosal por rescatarte de aquellas avispas; cuando cortaste fotografías e hiciste un portarretratos; esas mañanas donde nos sentábamos a tomar café, esas tardes donde cebábamos mate, esos cigarrillos, el ir de compras… nuestro gato.
No sueltas mi mano, sigues sonriendo, señalas cada momento y tengo ganas de llorar; lo sabes, te acercas y besas mis mejillas evitando el llanto con una caricia tuya en mi rostro; cierras mis ojos y me dices al oído: Estoy bien…
Abro mis ojos y el lugar comienza a cambiar; una neblina espesa y negra se embarra de los muros, de las columnas, de cada espacio, como si estuviera tragándose el lugar. Me observas, te alejas… te observo. Echas a correr hacía el último claro de luz que se mantiene inmaculado y miles de aves emprenden el vuelo junto contigo para luego divisar un cuervo negro, loco y ciego, volar hasta mi pecho.
Grité con todas mi fuerza que no te vayas… Grité tu nombre con mucho dolor y caí de rodillas. Desde mis adentro sentí como algo me recorría, como un parasito, como algo caminando dentro de mí; tosí, tosí y escupí una mancha negra que al estar el piso se movía de manera hórrida… era un insecto. De un golpe de mi puño arremetí contra ello, una y otra vez; buscando saciar mi dolor en cada golpe.


Desperté llorando, una vez más, desperté a la misma hora, a las 3:13 de la madrugada, llorando, abrazándome a la almohada.
Tomé el teléfono, temeroso busqué el perfil de Facebook de tu madre y le contacté. Tenía miedo, no sabía que decirle, pero no quería dejar pasar más tiempo… aunque sabía qué me diría.
Todavía me reconoció, me disculpé por el atrevimiento de tan madrugada; lo curioso es que ella me dijo que siempre anda despierta a esas horas. Me dio su número telefónico para hablar.

Después de unas cuantas preguntas, de algunos comentarios, sólo para ir rompiendo el hielo; tu madre me dijo que nos teníamos que reunir. No esperaba eso. Así que nos citamos al día siguiente en el Café de la Luz, en el centro.

Estaba muy nervioso, casi no reconocí a tu madre; estaba muy cambiada, bastante delgada y con el pelo corto. Siempre con esa elegancia pero muy cambiada.
Ella también notó lo mucho que he cambiado, se dio cuenta de que he crecido mucho desde la última vez que tuvimos oportunidad de vernos. ¿Lo recuerdas? No fue algo majestuoso, de hecho lo recuerdo con mucha vergüenza, ya que te hice pasar un mal rato.

—Hay algo que te tengo que dar —dijo con un tono serio— bien sabes que no fuiste de mi agrado, pero mi hija te eligió a pesar de mis reclamos, pero siempre la trataste bien.
No sabía qué decir, agaché la mirada, ella siguió.
—Mi hija era como su papá, ambos tercos pero de buenas costumbres; comprendí tarde… mírate, ya no eres un niño. He visto que eres un escritor reconocido. ¿Quién lo hubiera pensado?
—Gracias, señora…
—Estaba enfadada contigo —mi miró y encendió un cigarrillo— entiéndeme, los padres siempre buscamos lo mejor para nuestros hijos. No me culpes por ello.
—No pensaba hacerlo, no lo hice…
Con una seña de su mano me detuvo, no quería escuchar esas palabras de mí.
—Eran muy jóvenes…
—Sí, pero…
Una vez más me detuvo y apagó el cigarrillo.
—Natalia no murió por cáncer de estómago… —Ante tremenda confesión sentí que mi alma se iba al piso, las manos me temblaron, sentí un sudor cruel y frío recorrer mi espalda.
Ella miró a la mesa, estaba a punto del llanto.
—¿Todo bien? —Pregunté.
—Perdóname… hay algo para ti.
Me entrego una carta, estaba atada con varias cuerdas como cuando me dejabas esas cartitas en la almohada.
—Léela —me dijo.


“Oye, ¡hola! ¿Cómo estás?
Te he extraño mucho, siempre miro a la ventana en esos días de lluvia y te recuerdo. Perdóname, perdona también a mi familia. No sé si fue lo mejor el separarnos como lo hicieron, te juro que lloré por días. Sentí que me desgarraban el corazón. No los culpes, comprendo perfectamente porqué actuaron así.
No sé cuándo recibas esta carta, espero no sea demasiado tarde. Si estás con alguien más, me alegro mucho. Espero te ame bastante, como lo mereces porque eres un buen hombre y mereces todo.
¿Sigues escribiendo? Espero que sí, tienes talento para eso. Cuanto amaba que escribieras, no sé si esté bien decirlo pero recuerdo con mucho cariño esas tardes de lluvia donde me sentaba contigo en ese pequeño departamento de estudiante, escribías mucho en libretas y luego transcribía en máquina de escribir porque quería que tus letras estuvieran en orden.
¿Sabes? Te he extraño mucho pero dentro de mí hay una personita que me hace sentir que estás cerca. Bobo, sí, nos embarazamos.
Se lo dije a mi familia antes que a ti, no reaccionaron como pensaba; creí que eso haría que nos permitieran seguir con lo nuestro pero me equivoque. Debí haberme fugado contigo cuando me lo pediste, pero me partí en dos y no pude.
Si es niña, tendrá el nombre de tu abuela y es niño, tendrá el nombre con el cual quisiste ser llamado.
Soy fuerte, cada día soy muy fuerte, lo hago porque lo médicos dijeron que este embarazo es muy delicado y escribo esto en una tarde de lluvia. Si estás leyendo esto, significa que las cosas no salieron muy bien pero pedí que de complicarse mi situación, le dieran preferencia al bebé.
Espero esta carta no llegue tarde, que en verdad la estés leyendo. No sé qué tanto tiempo habrá pasado, sólo espero no sea tarde.
Te amo, siempre te he amado… por favor, ama mucho a nuestro hijo, te necesita. Ojalá esté con ustedes para abrazarlos, para vernos felices.
No fui buena con las palabras como lo eres tú, es breve esto, pero es para pedirte perdón, para que perdones a mi familia, para que me perdones.

Te amo… te amo, nunca te olvidaré.”


Mis manos temblaban, mis ojos estaban vidriosos, casi llorando; miré a tu mamá pidiendo más respuestas y ella sólo miró sobre mi hombro, hizo una seña y tu padre venía con una pequeña niña de su mano.
Tu mamá comenzó a llorar, sacó un pañuelo y se limpió rápidamente los ojos; la niña fue corriendo hasta ella diciéndole “Abolita”.
—¿Estás llorando? —Dijo la pequeña.
Tomé la servilleta de papel y me limpié el rostro, tratando de ser muy discreto, pero no podía.
—Mira, Nathy, mira… ¿conoces a esta persona? —Dijo tu mamá abrazando a la niña.
Ella sólo movió su cabeza asintiendo un sí. La pequeña llevaba un bolso de osito rosa, lo abrió, de su interior sacó un recorte de periódico. Era mi fotografía, una nota donde publicaron una nota sobre mi trabajo literario en el Por Esto!
—Mi hija —interrumpió tu papá— nos pidió varias veces que no le negáramos a su papá. Al principio no fue sencillo, no sabíamos cómo reaccionarías.
—Así es —dijo tu mamá—, luego nos enteramos por amistades de tu progreso tan rápido, comenzamos a seguirte en tus publicaciones. —Ella tomaba la mano de tu papá—. Mi esposo y yo nos perdonamos por lo que les hicimos, estamos avergonzados contigo, con nuestra hija, con nuestra nieta.
—Voy a llevar a Nathy a que pida un helado. —Dijo tu papá. La retiraba para darnos más espacio en la conversación.
—Me quiero quedar. —Dijo la pequeña.
—Vamos por un helado y regresamos, ¿está bien?
—No quiero helado, “Bolito”…
—No es para ti, es para “Abolita”…. ¿Verdad, Abolita?
Tu mamá asintió. La pequeña aceptó.
Dejándonos por un momento, tu mamá me explicaba todo, me decía que no debía preocuparme por los gastos, pero que era necesario que la niña tuviera una imagen paterna. Querían enmendar el daño ocasionado…
La niña regresaba con dos helados… uno era de fresa y otro era de zarzamora, mi sabor favorito.
—Toma… —Me dijo Nathy.
—¿Cómo sabías que es mi sabor favorito?
—Me lo dijo mi mamá.
Tu papá interrumpió nuevamente.
—Mi hija grabó muchísimas cintas de audio y vídeo para ella. Mi esposa y yo las llegamos a escuchar y nos dimos cuenta del gran hombre que eres. Eso nos hizo reflexionar y estar aquí pidiéndote disculpas. —Miró a la pequeña—. Por eso Nathy sabe mucho de ti, y quiso traerte un helado.
Me levanté la silla… me arrodillé hasta la niña. Le dije: ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Natalia Leonora. Natalia como mi mamá y Leonora como mi… ¿cómo era?
—Bisabuela… —Le dije. La niña asintió—. ¿Qué edad tienes?
—Cinco años…


Nuestra hija tiene los mismos ojos que tú, tu piel, y esa sonrisa tan maravillosa. ¿Cómo no amarla? ¿Cómo no vivir para ella? Ahora está por entrar a la primaria. Es muy inteligente… como su padre. —Sonreí—. No sé ni que sentir, o qué pensar. Pero desde tu cielo debes estar observando y cuidando de nosotros. ¿Sabes? Nunca imaginé que algo así sucedería después de tanto tiempo; ya no he tenido ese sueño que te contaba con llanto estando aquí. No ha pasado una semana desde que vi a tus papás y que me presentaron a mi hija.
Te amo… te amo… nunca te olvidaré.

Te dejo estas rosas, aún sigo cultivándolas, lo sabes, pero ahora Nathy me ayuda. Tranquila, sé que también es alérgica al veneno de avispa, por eso le pongo repelente antes de ir al jardín. Me despido, debo ir por nuestra hija; ya casi es hora de que salga del kínder. Te amo, Natalia. Gracias nuevamente por darme el mejor regalo del mundo: ser papá.
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