lunes, 2 de marzo de 2015

BAR GATO NEGRO

Contemplar el cielo, el jardín oscuro del universo; uniendo estrellas con el fuego de este cigarrillo mientras observo la figura tan cadenciosa del humo danzar ante mí.

Recordar al unir estrellas tus lunares y sentir el cuerpo bañado de tus besos, vibrando aún de nuestro encuentro. Citarnos en el bar El Gato Negro, un lugar que se esconde entre las calles de la ciudad para no ser devorado por acciones plásticas, un lugar, un oasis para quienes logran citarse en un momento íntimo y tomar un trago, conversar de algo… pero es el campo de batalla para la seducción. La atmósfera tenue, un poco de jazz suave que incita al vaivén de las manos como del el cuello en una total conspiración sonora donde la complicidad de las miradas es el lenguaje apropiado; con una decoración salida de aquellas fotografías de un París de oro, donde la tecnología actual se mantenía como un sueño inalcanzable.
Verte entrar al lugar, ese vestido negro que entalla tu figura, zapatos altos; observarte femenina en cada paso; al cargar tu bolso, retirar las gafas oscuras de tu rostro y tu cabellera cayendo como una gentil cascada de lujuria por tus mejillas. Te acercabas, me levanté para darte la bienvenida al lugar, retirar la silla y ser cortés contigo, no tanto, porque al sentarte fui osado al poner mis labios sobre tu cuello y dejarme un poco de ti en mí. Un gesto que pareció no ser malo, moviste un poco la cabeza para luego sonreír.
Una conversación bastante cercana, un par de tragos siendo testigos de esto, y entre las palabras danzantes ante nosotros escondiendo la batalla que emprendíamos; un roce de tu mano, miradas que llegaban como dagas para herir amorosamente nuestra piel.
Observaba tus labios, los poseía ante mí sin tregua alguna, hacías lo mismo al tomar mi boca como tu rehén. Sentí como cruzabas la pierna, lo sé porque fue tu pie al vuelo el que me tocaba levemente; respondía a ti, pues la batalla de esta seducción se ha llevado a todos los niveles. Te miraba fijamente, recité versos que llegaban como aves feroces por anidar en tu alma, volaban por todas partes, de entre todos lados; volando al ritmo de la música embriagante del ambiente.
El alcohol se acentuó en nosotros, nos dio la excusa perfecta para acercarnos más a más. Logré ver tus labios muy cerca, hasta podía sentir tu aliento vibrando, reclamándome en cada poro de la piel; tu oído fue endulzado, vestido con mi voz al confesarte el deseo que brota dentro de mí, deseo que surgió al contemplarte cruzar el umbral de un mundo gastado en lo real a este mundo que en cada momento fuimos construyendo como nuestro. Seducir directamente a tu espíritu con esta voz que fue adentrándose, abriéndose paso por ti; tocando tu corazón, fuente de ideas, seguir en toda tu piel para inundarla con la vibración que coloqué en tu cuerpo hasta llegar a poseer tu sombra.
Las caricias furtivas fueron acentuándose, se dejaron caer como fieras sobre su presa llevándonos al valle del deseo, hambrientos uno del otro, sedientos de más.
El trayecto hasta ahí, el lugar final de aquella cita, lugar palpable que se hace nombrar El Amanecer; se nos hizo agua, dejamos el tiempo a un lado por la urgencia nuestra de tenernos.
Entramos, abriendo la puerta con una señal para que una dama diera pasos elegantes en el recinto; pero al cerrar la puerta se percibía el aroma dulce del clímax de esta batalla… tomé tu cintura para hacerte hacía mí, atrapé tu rostro entre mis manos para reflejarme antes de perderme en tus labios; ese beso nos transportó fuera del universo y nuestros cuerpos emprendían reacciones para conmemorarlo. Tus manos llegaban como serpientes y me dejaba cautivar por ti. Entre besos, perdías terreno ante mí, iba cercándote, llevándote al lecho que grita por abrazarnos pero en un descuido, sumergido en el incontrolable deseo por verme dentro de ti; te liberabas para tomar mi mano y arrojarme al sofá, sin darme un respiro, la  belleza de tu cuerpo me hacía prisionero. Tus piernas sobre mi regazo, dominándome, dejando en libertad a mi boca sólo para ti. Desnudarte, retirar ese vestido que encendió la furia de tenerte, exponer tu piel; consumirla a besos y lograste sentir como este cuerpo reaccionaba por ti, se excitaba cada vez más por ti. Tus manos bajaban, desnudabas mi torso, bajan más y tenías entre ellas al sátiro sediento de tu valle perfumado de amapola. Despojados de toda prenda, fue un acto fuera de nuestros pensamientos; eran ambos corazones los que latían en aquel suspiro por ya encontrarse, unirse en único ritmo; refugiándose cariñosamente.
Sentí el dulce lago que nacía de entre tus piernas abrazando mi sexo; nos sentíamos en fuego dentro de la humedad que habíamos generado. Tus caderas se movían en un vaivén sensual, mis labios sobre tu cuello y te llevaba hacía atrás para que dejarás ante mi boca tus bellos senos, detenernos, saciar el capricho de morderte, besarte y pasar la lengua en tu pecho. Momento de calma y calor, donde te dejé caer sobre el sofá para cubrirte con mi cuerpo, poseerlo; reclamarte como mía.
Tus piernas me daban la bienvenida, y sin dudarlo, comencé a penetrarte; buscando tu corazón dentro del laberinto…  instante donde fui capturado por tu cuerpo al mismo tiempo que lo hacías con la mirada,  instante más dulce, feroz, tierno y lleno de lujuria que fuimos derramando ahí, en todos lados. Moverme, llevarte, empujarte con cada movimiento al penetrarte; observando tu cuerpo sucumbir ante el mío; cada vez más rápido e intenso, buscando la vida al morir junto a ti en un suspiro, estallar en el fruto bendito del deseo, mordernos los labios, bebernos y comernos al regresar del fin del universo en un cálido orgasmo…
Mares de cariños, de tiernas caricias mientras yacíamos desnudos uno con el otro; recuperándonos de esa vida nueva para volver a comenzar, explorarnos y volar fuera de todo, a nuestro mundo.


El tiempo regresó, te observo dormir plácidamente y es cuando me acerco al balcón para apreciar la noche, a unir estrellas como lo hice con los lunares de tu cuerpo.



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