miércoles, 7 de mayo de 2014

UN JUEGO MÁS DEL AZAR

Observo el reflejo de mi rostro en lo profundo del estanque provocado por la taza de café americano que se resguarda en mis manos.
Me observo dentro, polarizado, en una oscuridad deliciosa siendo bañado por la luz de la lámpara sobre mi cabeza. Es en una taza de café donde se desenvolvió la marca que ahora tiene mi hombro derecho, que aún duele de manera dulce y majestuosa.


Al cambiar de ciudad, no sólo empaqué ropa, libros y algunos objetos que me recordaran mi origen, también empaqué algunas costumbres como la caminar descalzo por mi casa, aunque con los calores del Caribe mexicano, pues, resulta algo normal; o aquella costumbre que adquirí para escribir: ir a una cafetería, sentarme, escribir o leer mientras escucho una de las track list que he diseñado para toda ocasión de mi vida en letras; cuando la mesera se acerca a preguntarme qué deseo ordenar, siempre digo que deseo un café americano y un vaso con agua y hielo. Aquí, en mi nueva ciudad, no fue la excepción.
Una hermosa rutina, donde sentado, observo con detenimiento el ambiente y voy aprendiéndome, cazando el nombre de las meseras desde su gafete de identidad; creo es mejor llamarlas por su nombre para saludarlas o pedirles más café, y no de una manera fría como lejana, ya que ellas me verán durante varios días sentado en sus mesas, escribiendo, creando laberintos que serán recorridos con los ojos de la imaginación del lector. En mi anterior ciudad, meseras de una cafetería fueron fieles testigos de la evolución que he tenido como poeta, ahora, tampoco será la excepción.
Comencé a frecuentar una cafetería de la zona, y las meseras notaban mi presencia tan periódica; son ellas grandes testigos de las vidas de uno, ellas han visto negocios cerrarse, la felicidad de familias como de parejas, han vivido de manera indirecta los festejos de cumpleaños y de éxito de las personas; son ellas espectadores en asientos preferenciales de nuestras vidas; es por eso que trato de llamarlas por su nombre porque ellas se han ganado mi absoluto respeto.
En todo esto, no revelaba que mi oficio es el de ser poeta, pero por azares que sólo la vida puede entender; tuve la oportunidad de aparecer en una entrevista de televisión en el canal local, y fue curioso saber que las pantallas dentro del restaurante, estaban sintonizando dicho canal. Se ha revelado mi identidad, y no es esto lo extraño, es que en dicha entrevista expresé que una serie de poemas de carácter erótico, fueron inspirados en una mesera, en una de ellas que me ha servido café americano con un vaso con agua y hielo.
Observé cómo una de ellas logró percatarse de la nota, eso era claro, la noticia se ha esparcido, y es que son tan unidas, que entre ellas mismas se apoyan y solucionan problemas; es como ser parte de un navío donde cada integrante es una columna para mantener el espíritu intacto.
Sabía perfectamente quién ha inspirado esos poemas, se bien quién es y cuál es su nombre; sé perfectamente lo terso de su piel al tacto de mis ojos y el color de su sonrisa como el aroma de su voz cuando intercambiamos saludos; la observo y juro por lo sagrado como lo oscuro, que ella, sin saberlo, provoca que mis letras dancen en su honor, dibujándola entre las sombras y las luces, para plasmar un poco de esa sonrisa… en un poema. Cuando me preguntan quién es la musa o quién inspira tanto poema; guardo silencio en honor a la mujer que se ha puesto debajo de los párpados de mis ojos. Su nombre es bendito que ni siquiera yo puedo decirlo a la ligera. Sólo un segundo me es suficiente para explotar su dulce sonrisa en un río de letras que buscan famélicamente el mar de un poema, sólo un instante hace que el conocimiento que he almacenado de filosofía se desborde para conectar ideas que se aglutinan en versos, un poco de ella es lo necesario para hacer suspirar a una vida en un pensamiento. Puedo pasar noches y noches escribiendo poemas, siendo ella vestida en el anonimato de quién lee mis letras… pero ella no sabe que ha sido la musa de mi pluma.
Pasó un día, y ya sabían de mi oficio, no sólo eso, también han leído mis letras en el Blog y en el Facebook de El Diario de un Sonámbulo. Ahora estaba en una tremenda desigualdad de condiciones, pues saben que le he escrito a una de ellas, y sentía las miradas impregnadas de una pregunta: ¿Quién es ella? Vaya que el azar sabe de su juego, pues al tratar de seguir la rutina de poeta, ella, a quién le he escrito, fue la mesera asignada para atenderme. En un aspecto lógico debo suponer que de manera inconsciente, opté por sentarme dónde ella atendía. Sea cuál sea el razonamiento, no importaba ahora. Se acercó con una taza de café americano y un vaso con agua, ya se había aprendido mi rutina; pero cuando le saludé para agradecerle, nuestras miradas se cruzaron, se hicieron una sola mirada, y ahí, en silencio, sonreímos en una complicidad que no necesita de palabras ni de explicaciones; fue un par de segundos que se tornaron en años de una mirada. Ella agachó la cabeza sonriendo y se fue. Quedé en un estado de inmensa perplejidad, pensando si ya había descubierto el secreto… mi mente emprendió el vuelo para entrar en el dulce état second, y en un arrebato, tomé el papel para escribir como loco hasta que el hombro derecho comenzó a dolerme.
Al terminar de escribir, con un hombro adolorido, observé que había escrito veintiún poemas, todos en honor de esa mirada en complicidad. Estaba exhausto.
Tengo la firme idea de que debe saberlo, que debe saber que es ella a quién le he escrito tanto bajo el velo del anonimato. Cómo decirle que es musa, cómo expresarle que he plasmado un poco de su esencia en versos. Cuál será su reacción… nunca lo sabré si no lo intento. ¡Debe saberlo!


Ahora aquí, sentado, resguardando esta taza de café americano para sólo reflejarme en su elixir negro, esperando el momento, el momento indicado.
Observo el reloj, es la hora. Ella se acerca a la mesa, se sienta frente a mí, nos sonreímos en tan hermosa complicidad de miradas y sonrisas. Desde aquel día que le confesé a la musa el andar por mis letras, desde ese día que nervioso pero decidido le confesé todo; desde ese instante que hemos congelado, ella y yo hemos salido varias veces… construimos una relación, dejando muy claro nuestros sueños como nuestros logros. Seguimos en nuestra rutina diaria, pero ahora la compartimos; y ahora, le espero a la salida del trabajo para luego recitarle al oído todos los poemas que me ha inspirado.
El azar sabe de su juego, sabe cómo se mueven las piezas y cómo va trazando la reglas; sé bien que hay hechos fuera de mi comprensión, que todo se resume en acción, reacción, repercusión; pero no quiero razonar un momento tan mágico que hasta hoy, sigo viviendo.



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