lunes, 14 de abril de 2014

ALGUIEN MÁS

Hable con mi esposa, fue un verdadero momento incómodo.
Desde hace varios días ella se había dado cuenta de que mis letras han cambiado mucho, y no sólo eso, también he cambiado con ella. Todo comenzó ese día de finales de febrero en la cafetería que siempre he frecuentado, incluso antes de conocer a mi esposa. Ahí voy a leer un poco o a escribir, de hecho, en ese lugar es donde he construido todas mis letras; siempre voy y pido una taza de café americano junto con un vaso con agua y con hielo. En ese día que les comento, una chica entró a trabajar y me percaté de ello porque conozco a todos los que ahí laboran y ellos me conocen a mí. Ella se acercó a tomar mi orden y para esto yo ya estaba fumando en la terraza, algo ocurrió, nuestras miradas se reconocieron en un momento de silencio. Ese día fue increíble, porque no había sentido algo así por alguien, ni por mi esposa. Comencé como loco a escribir y a escribir pensando en esa mujer, obviamente mi esposa notaba cambios en mí pero sabía que tengo momentos en los que la escritura se apodera de mí, y pues, me deja libre en ello. Seguí frecuentando esa cafetería, pero lo hacía con la intención de ver a esa chica, una mujer con una piel apiñonada, ojos tan dulces como la miel de arce, una voz tersa que me captura, una aroma no de perfume o algo similar, es el aroma real de ella, el que se destila de su piel y que me vuelve loco, es como aroma del durazno maduro; y un cabello hermoso que le sienta bien en su cara afilada. Un buen día, no hace mucho, ella recogía algunas cosas de la mesa que estaba ocupando y mi teléfono celular sonaba, tengo la costumbre de ponerlo sobre la mesa, y cuando lo tomaba para contestar, la mano de ella y la mía se tocaron para quedarse así un momento… le dije: “mujer, me tienes cautivado. No he dejado de pensar en ti, te he escrito tantas cosas, me has inspirado. Quiero que sepas que me transformas y me transportas a lugares que no nunca pensé en sentir. No te pido que me correspondas porque esta confesión tenía que entregártela antes de que mi corazón explote…” Ella se sonrojó, sonrió y se fue de ahí. Tenía las emociones brotándome y tomé la servilleta para escribir un poema.
Ella volvía con un pedazo de papel entre sus  manos, era la cuenta. Veía al piso, no me mostraba su mirada. Se acercó y me entrego ese papel, daba media vuelta cuando le tomé de una de sus manos, se la extendí y en ella deposite mi poema. Se fue. Desconsolado, tomé la cuenta para pagar y marcharme, cuando lo hacía, vi que la cuenta tenía el número telefónico de ella con el mensaje:
“Quiero verte pero no aquí. Llámame.
Atte S.S.”

Mi alegría fue sublime, salí hasta cantando del lugar. No podía esperar el momento para marcarle y pautar vernos. Al día siguiente nos vimos en un lugar muy lejos de esa cafetería para conversar de tantas cosas; fuimos a un parque ecológico donde tienen bastantes secciones de árboles, lomas, estanques y varias áreas verdes para perderse y llevar comida; ella llevó el poema que le escribí y me pidió que se lo recitara.

Ese día, hicimos el amor como volando. Nos frecuentábamos, pasábamos mucho tiempo… estábamos enamorados.
Justamente ahora, hace unos instantes, mi esposa notó un brillo extraño en mí y me dijo: “Nunca te había visto así de radiante, si no te conociera juraría que estás enamorado de alguien. Desgraciadamente sí te conozco y me duele saber que estás enamorado de alguien que no soy yo.”



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