miércoles, 5 de marzo de 2014

LA HISTORIA DE ARTURO MARCO ZUÑIGA

¡Hola! Mi nombre es Arturo Marco Zuñiga; le pedí de favor al escritor de esta página que me obsequiara un breve espacio para liberar mi alma de un tormento que no quiero callar. Pido una disculpa si llegan a contemplar una redacción muy infantil, pero quiero que se escriba tal y como va saliendo cada palabra de mi boca. Un amigo que me venía a visitar a la cárcel, me comentó de esta página, para luego llevarme escritos de la misma y hacer mi vida en prisión más placentera. Fue que le pedí a dicho amigo que contactara al escritor y afortunadamente vino a visitarme para contarle mi historia que hoy vengo a relatarles.


Yo era un hombre común, tenía un empleo maravilloso y era porque me daba lo suficiente para comer y mantener a mi mujer, a mi hermosa Clarisa.
Tuvimos un noviazgo normal, una boda normal y una vida plena; no salíamos mucho, pero un buen día, mi esposa me dijo que ahorráramos dinero para irnos de vacaciones a Guadalajara. Juntamos por dos años y cumplimos esas vacaciones.
Dos semanas en la Perla Tapatía. Pasamos unos buenos días, hasta pensamos en mudarnos allá y hacer una nueva vida. Un domingo, fuimos a un mercado sobre ruedas muy famoso en Guadalajara, le llaman El Trocadero. Venden cosas muy antiguas, nos maravillamos con lo que vimos; y eso me hizo recordar mi mayor sueño: ser escritor. Nunca lo intente por temor a que se burlen de mí pero en ese mercado encontré una bella máquina de escribir; negra con detalles en plata; no funcionaba bien pero mi oficio de mecánico podía hacer algo. Mi esposa me observó y se dio cuenta del brillo en mis ojos al ver ese objeto.
Nos apretamos el cinturón, para que yo pudiera comprarla.
Nunca fuimos bendecidos con la alegría de un hijo porque mi esposa tuvo un accidente con un perro que estaba curando en su veterinaria; la atacó en un descuido lastimándole el vientre y eso complicó las cosas; pero tuvimos muchas mascotas, al menos las que podíamos mantener. Por todo esto, los detalles que nos teníamos llenaban ese enorme vacío que un hijo podrá llenar.
De regreso a nuestra ciudad, me puse a trabajar en la reparación de esa máquina. Limpié cada parte, engrasé y pulí toda pieza; quedó hermosa, pero no reconocía la marca: DAEMONIA. La busqué en internet y no había referencias al respecto; no importo porque no la pensaba vender. Desde esa noche comencé a escribir y a Clarisa le gustaba el sonido, verme con mis lentes y volando en cada página.
Al principio sólo escribía bonitas palabras para mi esposa y luego se las leía; fue hasta que una noche, en el barrio dónde se encontraba la veterinaria de Clarisa, un hombre fue con un gato muy herido pero sólo era la excusa, era muy noche, ella estaba por cerrar pero su corazón bondadoso le impidió dejar a ese felino a su suerte… pero era una trampa. Ese hombre asaltó la veterinaria y le marcó el rostro a mi amada Clarisa. Yo me enteré más tarde, estuve con ella en el hospital hasta que llegó su madre, me fui por ropa y a bañarme en casa; estaba destrozado, y en un arranque de odio, me senté frente a la máquina Daemonia, escribí la muerte de ese hombre de una forma increíble, quería que sufriera, que sintiera el dolor que me ha causado y todo de forma lenta. Encontré alivio en escribir; me sentí satisfecho y luego fui al hospital para ver a mi esposa.
Pasé dos noches con ella y entonces un policía llegó a la habitación, le pregunté por el asaltante, si lo habían detenido pero el policía me preguntó dónde he estado estos dos días a lo que respondí que en el hospital. Las enfermeras confirmaron mi historia. Pregunté el porqué de esto y me dice que encontraron al asaltante muerto de una forma que sólo el odio podía justificar. Me sorprendí al saber que ese hombre murió tal y como lo describí en mis letras. Estaba asombrado y al parecer el policía notó eso en mí pero no tenía alguna prueba, y es más, nadie en este mundo podía darle lógica a esto.
Esa noche me avisaron que mi esposa estaba embarazada, que el ataque y su riesgo de embarazo eran casi letales; no podía soportar mi vida sin ella y caí al piso, pero recordé que si hice realidad la muerte de ese hombre, podré salvar a mi esposa. Hablé con mi suegra para que me ausentara unas horas y fui a la casa a escribir.
Al día siguiente, Clarisa mejoraba y sus heridas sanaban de manera milagrosa, nadie podía creer lo que pasaba. Yo sabía que todo lo que pusiera en esa máquina, se haría realidad. Escribí una vida llena de lujos y de prosperidad junto a mi Clarisa y nuestro pequeño Diego. Cada que había un problema, yo escribía su solución para que en cuestión de horas o de días, todo estuviera bien.
Lo malo, es que mi carácter cambiaba, cada que escribía en Daemonia me volvía más antisocial, todo me molestaba, sentía una furia en mí.
Un día, ya con mi propio taller mecánico y creciendo de buena forma, y era porque escribía que los automóviles del vecindario tuvieran fallas para que mi taller los reparara; un buen día, un cliente se molestó por un arreglo y me hizo enfadar, llegué a mi casa y escribí su muerte. Así sucedió. Ya no soportaba más, con cualquier cosa estallaba y escribía las peores muertes a las personas y al hacerlo me sentía satisfecho, sentía placer. Mataba por igual, prostitutas, ladrones, ancianos, clientes; estaba descontrolado con tantos escritos.
Un día, mi esposa observó que escribí mucho, tenía cajas de cartón llenas con mis manuscritos. Los leyó y quedó horrorizada de mí. Llegué del trabajo con la idea de escribir la muerte de un tipo que se pasó una luz roja y casi choca contra mí cuando vi a Clarisa sentada en la estancia, con una maleta y a nuestro hijo en brazos; se iba a marchar. Observé las cajas abiertas y los papeles por todo el lugar; me molesté mucho, discutimos pero ella se marchó. Fui hasta Daemonia y escribí: "Quiero que Clarisa regrese con mi hijo y nunca se vaya de mi lado hasta que la muerte nos separe." Me senté a esperarla con mucho orgullo, me serví un trago y el teléfono sonó; era mi suegra avisándome que Clarisa fue atropellada y murió inmediatamente junto con nuestro hijo. Tiré mi vaso, fui hasta la máquina para cerciorarme de qué escribí y creyendo que había pedido que ella regresara, yo escribí cegado por mi ira:
"Si no piensas regresar, mejor muere para que nunca más vuelas a esta casa."
Salí de la casa como loco y al hacerlo golpeé a unos hombres que bebían en una esquina, me insultaron y yo arremetí contra ellos para descargar mi furia; le di muerte a dos de ellos y ahora estoy condenado por la muerte de dos ebrios.

Llevo ya 10 años pagando mi condena; pero no sólo por la muerte de esos dos hombres, estoy pagando por la muerte de algunas personas con mis letras. No encuentro una explicación a esto pero yo creo que fui yo, y no tengo el perdón de Dios por mis actos.
Le pedí de favor a mi amigo que destruyera a Daemonia pero la última vez que lo vi fue cuando me visitó junto al escritor de esta página.
Desde entonces no lo he vuelto a ver; algo en mis adentros me dice que mi amigo ahora está poseído por Daemonia y le pido a este escritor el favor de difundir mi historia y detengan a esa máquina de escribir que condena al infierno.


Arturo Marco Zuñiga



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