lunes, 3 de marzo de 2014

HERMOSA ESCULTURA

Amanecí con un tremendo dolor de cabeza y había un aire denso en mi habitación, un aroma nauseabundo, perdido entre las más oscuras sensaciones;  era el olor a sangre seca pero al llevarme las manos a la boca noté que estaban pegajosas, y eran ellas las que tenían ese aroma muerto.
Tal vez sigo soñando, me dije.
Como pude me levante para ir al baño y el horror abrazaba cada fibra de mi ser, retorciéndome en asombrosas fantasías de pesadillas mórbidas pues tenía las manos llenas de sangre. Mi primer impulso fue lavarme bruscamente, estaba asustado. Revisé y no tenía heridas, no era mi sangre. Rasgué la camisa para meterme a la ducha, desnudarme por completo mientras sentía el agua cálida envolverme y quedarme ahí un rato esperando respuestas.
¿Qué pasó? ¿De quién es la sangre? ¿Qué hice?
Llegaban a mí visiones extrañas, golpes de sombras que no podía entender y sonidos escalofriantes que se mezclaban con la ducha; por más que me tallaba el cuerpo, sólo conseguía desesperación para que un mar de dudas se instalara en mi alma.
Temeroso, salí del baño, observé que la habitación tenía un aire tenebroso, como si la maldad hubiera venido a dormir conmigo y se fuera como una amante al primer rayo de sol. Todo estaba normal, hasta que vi sobre el buró un libro de pastas duras, curtido en una piel ya negra por el uso de las manos, olor peculiar pero agradable al olfato y por una extraña sensación que sigo sin comprender, dicho artilugio me hacía sentir seguro, como el saber que algo prohibido sigue en el anonimato de quien le ha dado el sello de secreto. Pasé los dedos varias veces por dichas pastas provocando que mi piel reaccionara de manera ajena a quién soy pero eso me agradaba; tuve el impulso de pasar la lengua por los dientes como si fuera un lobo hambriento. Fue ahí cuando salí de ese breve trance para mirarme al espejo, darme cuenta que algo ha cambiado. 
Regresé para seguir admirando dicho libro y el grabado del mismo decía: DAEMONIA.
Me senté en la cama y lo comencé a leer, era mi letra, esa forma de poner la “g” y la “j”, el cómo trato de unir palabras con un trazo, eran mis letras.
Dentro de ese libro, más diario que libro, relataba cosas en primera persona. Noches de lujuria, excesos, noches de carnaval de la carne y el deseo.
¿Yo? ¿Yo lo escribí o yo viví esto?
Me sentí horrorizado ante estos relatos... aventuras carnales que fueron la antesala para algo más detestable. El diario marcaba la fecha de ayer y leía una noche más de aquelarre cuando un relato llamó por completo mi atención:


"...desnuda ante mí, le tomé el pelo y tiré de él; era mía, le hacía saber que soy el único hombre en su cuerpo. Le mordí, ella destiló un gemido, intentaba abrazarme pero con mi otra mano le tomé el cuello para aprisionarla, mirarla fijamente para penetrar su alma.
Sometida a mí, nos entregamos a la pasión más salvaje, a un instinto famélico de placer. Al punto del éxtasis, ella me pidió que la tomara del cuello, ¡que la asfixiara! Sonreí y el demonio no lo pensó, la tomé.
En mutuo espasmo, serenidad de ambos; el orgasmo nos abrazaba pero ella quería retírame las manos y no la dejé. El placer de verla pedir por su vida me llenaba de todo, sus ojos me indicaban que su vida se extinguía con cada movimiento que daba; los sonidos pobres de sus inútiles gritos me excitaban cada vez más; sus extremidades se retorcían al luchar por un poco de aire, clamaba desde lo más profundo de su infierno un poco de vida, pero ahí estaba para negárselo.
Su cuello dejaba expuestas las venas que les prohibía su recorrido al corazón; su piel hermosa y tersa, blanca como una luna, se tornaba roja y azulada. Sus movimientos ya eran perezosos, sus ojos caían y pude ver el instante mismo en que la vida le ha abandonado.
Estuve encima de ella con mis manos en su cuello hasta que su cuerpo hermoso dejaba este mundo.
La maté con mis propias manos…"


Arrojé el diario muy lejos, me llevé las manos al rostro y comencé a temblar preguntándome si maté a una mujer o no; tomé mis cigarrillos rompiendo la regla de no fumar dentro de la habitación.
El diario me llamaba, me pedía seguir leyendo y como sonámbulo retomé la lectura... asombrado, leí la forma en cómo oculté el cadáver, la forma en cómo corté el cuerpo por sus extremidades y en ellas introducía metales que usó para hacer esculturas; el cómo anudaba cada parte con alambre, luego recubrirla con sellador para después cubrirla con cemento blanco.
La descripción me daba náuseas, el intento de no vomitar fue muy fuerte por leer y más cuando algunas páginas estaban manchadas con la sangre de dicha mujer. El proceso de ocultar el cuerpo fue increíble.
Arrojé el libro contra el muro, no podía creer lo que ha pasado: “¡Todo debe ser una pesadilla! ¡Todo!” Grité.

Bajé al estudio para comprobar lo que ha pasado y al entrar observé las cosas descritas: una gran tina de metal, costales de cemento blanco, varios metales, alambre y herramientas.
"¡No puede ser!" Me dije.
Luego salí al jardín y había una hermosa escultura blanca de una mujer pero con una máscara en su rostro, una máscara metálica sin expresión alguna más que el contorno de los ojos; dicha escultura está adornando la entrada de mi hogar.
Regresé a la habitación, encendí otro cigarrillo y fui hasta dónde estaba el diario. Lo tomé, pero al hacerlo cayó una tarjeta de presentación, era de una mujer y al reverso ella escribió la leyenda “llámame”. 
Caí de rodillas pidiendo piedad por mí alma, estaba llorando dolorosamente y entre cada sollozo se iba escuchando de mí una sonrisa; el llanto era embriagado por una gran sonrisa lobuna, y esa misma sonrisa me incorporó para ponerme de pie, tomar el teléfono para concretar ver a esa mujer.


Llevo diez minutos esperándola en el restaurante para nuestra cita; estoy bebiendo algo de vino tinto cuando ella, una mujer bastante elegante, se deja ver en el lugar.
Observo con calma cómo se acerca para contemplar su hermosa piel blanca, su cabellera negra y sus profundos ojos.

Lo único que pienso ahora es en lo hermosa que se verá por la mañana cuando adorne mi jardín como una hermosa escultura.



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