martes, 18 de febrero de 2014

TOMA UN CAFÉ, CONMIGO

Toma un café conmigo,
pedirás algo con vainilla
y optaré por algo sin azúcar.
No prometo la mejor conversación
porque no te prometeré nada
para que no rompamos nada;
no habrá patafísica elocuente,
palabras que bien podrían desfilar
en la alfombra de un baile Real
pero habrá mejores cosas
dentro del conversar contigo,
conocerte de a poco, a cuenta gotas,
como lluvia que logra acariciar la tierra
a su lento paso de vida.
Podrás escuchar cómo digo tu nombre,
Viviana, sentirlo rozar mis labios…
Viviana, sonreír, me verás sonreír al decirlo
y nuestras manos se encontraran torpemente,
furtivamente en un lenguaje codificado,
subversivo, conmemorando el encuentro.
Viviana, ¿un pastel?
Decir tu nombre a la menor provocación:
Mira, Viviana, una nube, una golondrina
así como tu mirada inquieta
que vuela y toca, reclama lo que mira.
Habrá dentro de ese café un par de historias
que nos darán un recuerdo, sonrisas,
muchas preguntas, más de las iniciales
y tendremos el tiempo
para darles su pareja de baile
en el hermoso danzar de las preguntas y respuestas.
¿Cuál es tu color, Viviana?
Repetir una y otra vez preguntas
para tocar tu nombre con mi voz…
¿Por qué la sociedad; por qué la música, Viviana?
Escuchar tu voz que la siento
como el cantar del mirlo y la alondra;
beber tu voz, consumir tu voz
para que la repita entre sueños
y así logre dormir por todas esas noches
en que llegas para danzar en mis recuerdos
y admirarte, quedar de ti cautivado.
¿Vamos al cine, Viviana?
¿Quieres bailar, Viviana? Vamos,
hagamos que esto no termine ya;
sigamos un poco más.
Habrá silencios, lo sé, pero serán dulces
como lo son tus ojos, tu nariz de cereza
y tu piel sabor a membrillo.
Toma un café conmigo, Viviana,
al menos para que escuches de mi voz
la forma en la que digo tu nombre
y me desborda la vida en palabras.




















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