miércoles, 29 de enero de 2014

CONFESIÓN

¡¡Me lleva la chingada!! Por favor, dejen que pueda expresar esto que mi corazón lacerado no puede callar más. Por favor, necesito expresarlo...


Pensé, y digo que en verdad pensé que nos llevaríamos bien, al fin amigos como en esas historias o filmes. Pasaron seis años de no saber nada, y en un acto de buena voluntad le pedí vernos para darle solución a todo ello que dejamos en el tintero. Seis años, creo yo seis años fueron suficientes para que todos los corajes se hayan evaporado y que las aguas encontraran tranquilidad para reflejar sus cielos. Seis años en que ella, mi ex-esposa y yo nos separamos.
Nos conocimos muy jóvenes, vivimos un noviazgo relativamente corto, le propuse matrimonio mientras viajábamos en globo aerostático en Guanajuato en aquel hermoso otoño. El idilio duro un año solamente. Mi trabajo como ensayista y escritor en un pequeño diario local me sofocaban, estaba buscando la oportunidad de imprimir a buena escala, dar a conocer mi trabajo. Me doy cuenta que las letras son muy celosas y no le permiten al escritor el amor, y es algo que he escuchado tantas veces, lo comprobé una sola vez… ¡y me bastó! Nos separamos en el peor de los términos, hubo gritos, peleas y nos dijimos todo eso que callamos, pero ese día fue para hacernos daño.

Seis años pasaron… y hace unos meses, estuve en aquel departamento que habitamos cuando éramos esposos, y fue curioso, llegué a ese lugar por azares y caminos fortuitos.
Observe que está en renta y la señorita rubia con un rostro fino que muestra el lugar, estaba despidiendo a una joven pareja que se interesó por el inmueble. Antes de que ella cerrara la puerta le pedí de favor que me mostrara el departamento. Fui hasta el baño, le interrumpí en su discurso aprendido sobre el lugar diciéndole que yo antes vivía ahí y que conozco un secreto. Dentro del baño, en un mosaico debajo del lavamanos, lo recorté para que pudiera ser retirado a voluntad, siempre y cuando supieran el truco. Empujarlo levemente, luego subirlo un poco, dejar de presionar y volver a hacerlo. Hecho eso, el mosaico sale solo, como sonámbulo caminando al vacío. La señorita de pelo rubio estaba asombrada, dentro del hueco en la pared había una cajita metálica de chocolates, una marca que le gustaba a ella y que en algún momento sacaron una edición especial de los años 20’s. Saque la cajita, le quite el polvo y dentro de ella la fotografía que nos tomamos el día en que le propuse matrimonio. Detrás de la misma, mi primer poema, lo primero que escribí fue para ella.
Lo leí en voz alta:


Amor mío, en ti me encontré.
En ti conocí lo hermoso que es la vida.
Amor mío, amor.
Navegue tantos años
jurando que este barco no tendría puerto
por temor a un ancla
que destroce mis sueños,
pero, amor mío,
te encontré no como puerto,
te encontré como el viento que envolvió mi vela
para estar conmigo y ser uno, uno contigo.


La señorita suspiró y dejó caer una lágrima. Le pedí que me llevara esto, que era muy importante para mí. Ella aceptó. Qué bueno.
Pase la tarde recordando todo. Recordé cómo la conocí, todo lo bueno, lo malo, lo blanco, lo negro… todo. Tenía una idea clara, salir de ahí para buscarla, tenía que verla una vez más para aclarar todo.

Ese día llegó, hoy precisamente. Nos quedamos de ver en la terraza de aquella cafetería donde nos conocimos por medio de un azar. Se veía tan hermosa, algo pasó en ella que se ve más hermosa que antes. Su piel morena, alta como mi estatura. Su pelo negro y sus ojos de avellana. Hermosa con sus rasgos felinos, el amor de mi vida. Platicamos, ¿qué has hecho? ¿Qué ha pasado? Muchas preguntas. Seis años no son fáciles para dos personas que se juraron amor infinito un día. Estaba preparado para todo, para afrontar el hecho de que ella ha hecho otra vida y pues, sólo quería arreglar las cosas con ella.
¡Bárbaro! Fue grande mi sorpresa.
Antes de  despedirnos, después de haber dado conclusión a todo malestar, ella se puso nerviosa y yo sabía que me diría que se ha casado o algo similar. No la culpo. Suspiró, me miró a los ojos diciéndome:
-No puedo ocultarte esto. He vivido cada día pensado en mi más grande secreto. Ya no podía, no quiero seguir callando. Mi familia me dijo que así lo hiciera, amigos me han ayudado a esto; y hasta ahora sigo pensando que siempre fuiste muy bueno rastreando pistas, por eso eres escritor. Lo que nos separó fue lo mismo que hoy no ha vuelto a reunir. Curioso, ¿no lo crees? Me doy cuenta que eres alguien nuevo, y no sé si esté bien decírtelo pero ya no puedo más... Poeta: tienes una hija.

-Luis Antonio González Silva-

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