martes, 10 de diciembre de 2013

CANTOS DE SIRENA


-Dedicado a Yessica Brau.-

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Sirena, eres libre,
sonríes en tu sonrisa
y giras en el mar de tu cielo.
Mujer, sirena, poema no escrito...
en tus ojos se esconde la alegría,
fuente de toda inspiración
y en tu piel descansa la dulce armonía
de cada verso...
te escribo a ti sirena,
no digo tu nombre ahora
porque hacerlo es profanar
a quien inspira estas, tus letras.
Sirena, eres libre,
sólo libre, y nada más.

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CAPÍTULO UNO


No espero ni quiero que alguien pueda entender lo que viví, pero siento que si no relato esto, es como si jamás hubiera sucedido. Hasta hoy me pregunto si en verdad pasó, pero desde ese día el mundo es diferente y es porque mis ojos están más abiertos que nunca y espero que con este relato, alguien… quien sea, logre llegar hasta donde me encuentro.


Después de tres meses desde que mi prometida canceló la boda y obviamente, también la relación, estaba desbastado por el hecho. La primera semana fue cruel, las siguientes no tanto pero debía afrontar lo que estaba viviendo. No sabía qué hacer, pero tenía los boletos de avión a Europa. Ir solo, eso sería letal para mí. Entonces, cambié todo por un viaje a la playa. No me gustan esos lugares pero sé bien que a ella tampoco, así era menos probable pensarla. Me recomendaron tantos lugares que terminé por ir a una playa recóndita, sin turismo, sin nada más que pescadores y pequeñas chozas. Llegar hasta ahí fue una travesía, casi una odisea pero valía la pena ir hasta allá para enterrar fantasmas y alejarme de esta vida tan agobiante que se ha convertido en guardián de mi desgracia.
Había que llegar a la capital del Estado, ir a una ciudad en la cual podría contratar a un chofer para que me acercara lo más posible y caminar, pero si tenía suerte, encontraría a alguien para que me prestara un burro por unos billetes y no fuera tan áspera mi caminata. No tuve suerte, camine mucho.
El lugar no tiene energía eléctrica, hay chozas en una única calle que lleva hasta el mar. No me fue difícil alojarme ahí, me acerqué a un anciano que descansaba en una silla a la puerta de su hogar, saludé cordialmente y sin afán de ofender, le pedí que me hospedara unos días pagándole mi estancia. El hombre se rascó la barba, se levantó y con un gestó de su mano me invitó a pasar. Un pequeño espacio en el suelo para dormir. No necesitaba mucho, así que dejé el equipaje en el rincón y el hombre me dio una hamaca para que la colgara. Pregunté cuánto dinero sería por estar ahí, a lo que él preguntó si sabía nadar, a lo cual respondí que sí. "Me ayudarás con la pesca de estos días, así pagarás estar aquí." Dijo, y acepté.

No hace falta entrar en detalles de su apariencia, pero sus ojos tenían una soledad infinita, como estar perdido en el mar. Casi no hablaba, sólo lo hacía para darme indicaciones sobre cómo sujetar la red y maniobrar la barca. Los primeros cuatro días fueron cansados pero con buena pesca, mi cuerpo estaba adolorido pero sentía que el trabajo le hacía bien a mi espíritu. El quinto día no fue muy bueno, estuvimos por horas y no pescamos nada. El anciano dijo en un murmullo: "Yessika debe estar cerca." Luego su mirada vacía atrapó el horizonte y no lo soltó en un buen rato. Pregunté quién era ella, y dijo que era la sirena, reina de la bahía.
Había leído historias sobre sirenas, y cuando me decidí ir hasta este lugar, pensé que podría escuchar un par de leyendas, todos tienen sus historias, pero no esperaba algo así. Quise indagar más sobre Yessika, pero el anciano no respondió y optó por dar la orden de regresar.

Pensaba en la sirena…

A mitad de la noche, desperté sofocado por un sueño en el cual me hundía a las profundidades del mar. Salí de la choza, estaba inquieto y encendí un cigarrillo. Ahí las estrellas parecen un jardín de fuego en el cielo, de pronto, escuché una voz que acariciaba mi nombre. Provenía desde el fondo de la calle. Debo estar nervioso por el sueño, fue lo que deduje, pero esa hermosa voz seguía y seguía. Apagué el cigarrillo para caminar hasta el mar. Al llegar, sentí un aire frío recorrerme la piel, una vez más decían mi nombre. Seguí caminando hasta que las tímidas olas abrazaban mis pies, y en eso, el agua comenzó a envolverme como si fueran varias serpientes; quedé aprisionado. Intentaba gritar pero era inútil. De repente, del mar emergía una figura humana hecha de la espuma de las olas; era la figura de una mujer que se acercaba a un paso lento hasta llegar frente a mí, posó sus manos en mis mejillas para besarme y sentí que el agua entraba para luego ser arrastrado a las profundidades.


Desperté agitado, todo había sido un sueño. Busqué al anciano y no había señales de él. Salí a la calle, no había nadie. Toqué en otras puertas sin recibir respuesta alguna. Era extraño, todos se fueron, se borraron del lugar con la mañana. Sentado, me dediqué a fumar un poco pero escuché un tarareo muy peculiar, fui hasta él y había una mujer en la primera choza ante el mar; estaba reparando una red pero quedé hipnotizado de ella. Pelo negro y ondulado, una piel bronceada, piernas largas y hermoso rostro con una mirada tan profunda y enigmática que despertaba tantas cosas en mí. Le saludé, dejó su faena por un momento para verme fijamente y regresó a tararear. No le importaba que estuviera ahí. Pregunté por los demás, por el anciano y qué había pasado. Sólo sonrió, para decirme que ya no estaba en el mundo humano.
¿Cuál es tu nombre? Dije. Con una soberana tranquilidad, dejó de reparar la red, se levantó y logré apreciar su hermosa figura envuelta en aquel vestido naranja con blanco; se apartó el pelo del rostro para exponer lo bello que era. Se acercó a mí, recordé aquella figura humana del sueño, eran tan similares; pero ella sonreía sin dejar de observarme, sentí que mi alma era arrastrada al fondo del océano. Volví a repetir la pregunta. “Me llamo Yessika”. Dijo, y de manera tonta, comenté que se llamaba como la sirena. Sólo echó una amplia carcajada que resonó en el lugar.

-No le veo la gracia, ¿dije algo malo, acaso? -Comenzó a caminar rodeándome mientras posaba una de sus manos en mi cuerpo.
-No, nada malo. Es sólo que me dio mucha risa tu ingenuidad. Eso es tierno en ustedes. -No estaba tranquilo con su comentario.
-Me dirás que eres la sirena, ¿no?
-¿Tiene caso que te lo diga?

Estar con ella, es una experiencia que te llena el alma de terror pero al mismo tiempo desear estar ahí; una verdadera confrontación de emociones. Salí de la choza agitado, me siguió hasta la puerta para gritarme: “¿Adónde vas?””
No quise voltear a pesar de que el impulso de verla era muy grande. Cerré los puños, respiré hondo y grite que ya he tenido suficiente de este lugar, que debo regresar de donde vine. Volvió a reír estridentemente que hizo girarme, caer una vez más en el hechizo de su mirada. Observé que sólo señalaba el cielo y mis ojos lograron ver lo más increíble de una vida llena de todo y de nada a la vez; el cielo era el mar.
No soporté lo que tenía frente a mí, sentí un golpe de calor y caí al suelo. Lo último de ese momento fue ver el mar en el cielo mientras perdía la consciencia lentamente.

Despertaba en la hamaca, el sol entraba arrastrándose por las aberturas de la choza. Estaba sudando, recordando a detalle todo eso; me preguntaban qué clase de persona tiene sueños como los que tengo. Comencé a deducir bastantes cosas, como el hecho de que sigo amando a quien era mi prometida, ella y yo nos conocimos de manera fortuita, en la estación de trenes de la ciudad. Era una tarde como cualquier otra, sin nada especial; llegué a la estación con un paso lento pues no tenía nada más que hacer que caminar tranquilamente de regreso al hogar, uno bastante solitario y a no ser por mis discos de jazz, sería un verdadero infierno de soledad. Sin querer, al estar observando la luz que entraba por uno de los vitrales, detuve mi andar haciendo que fuera obstáculo para una mujer, tropezó conmigo y derramó un café en mi espalda; nos pedimos disculpas y ahí, un momento de encuentro que culminó en una relación larga y planes de boda.
Escuchaba ruidos fuera de la choza, salí para ver al anciano pero era Yessika quien estaba lanzando piedras a la puerta de enfrente mientras estaba sentada a mitad de la calle. Escuchó acercarme, y como si fuera una reina, extendió su mano para que la levantara. La soberbia que tiene llega a molestarme tanto pero no puedo oponerme a ella; me acerqué para tomar su mano y levantarle. Luego, me dio una bofetada bastante sonora. "¡Nunca toques a una reina!" Sonrió de manera coqueta y se fue al final de la calle tarareando. Estaba atónito, molesto, pero de una extraña forma me gustó que lo hiciera. En ese instante, pensé en saber más de ella y como si leyera el pensamiento, que en realidad así es, Yessika se giró para correr hacia a mí para darme una bofetada más, pero detuve su mano con la mía. Dije: "Nunca golpees a un poeta, se te puede caer la mano." Con una advertencia de ese tipo junto con el semblante inquisidor que posé en sus ojos, era para se disculpara, pero sólo rio de manera insolente, como una niña consentida y caprichosa.
-¿Cuál es tu nombre, pescador? Exijo saberlo, tu reina te lo ordena.

Estaba por revelar mi nombre cuando Yessika gritó que no quería saber el nombre que viste mi acta de nacimiento, o como ella le dice, mi nombre humano. Ahí se confirmaba, puede leer la mente. Estaba intrigado, si podía saber cada pensamiento que tengo, por qué pregunta mi nombre; sería obvio que lo supiera pero fue cuando dijo que puede leer la mente pero no el corazón. "No sé a qué te refieres, Yessika." Dije, y eso la molestó tanto, que con un grito hizo retumbar la tierra, al punto, de que el cielo cayó de golpe inundando el lugar. Fui atrapado por esa corriente, sentí un terror incomparable que fue aminorándose al saber que podía respirar en el agua. No entendía cómo, pero la mente se dejaba guiar por las emociones al no tratar de razonarlo; estaba ya en un lugar extraño con una mujer extraída de la mente de un perturbado escritor o artista, un ser de otro mundo, era lógico, si es que podemos usar la palabra en todo su esplendor, que no estaba en un mundo tal y como lo vivía, ahora vivo otra realidad. Extendí brazos y piernas, dejándome llevar por el mar para encontrarme volando; ahí logré ver como el reflejo del sol trata de entrar por las olas, una escena de hermosa luz danzando fuera de toda imaginación; cerré los ojos y escuché el graznido de un cuervo. Llegaron a mí los recuerdos, el conocimiento adquirido, las emociones; todo llegó de golpe y dije una sola palabra: R'Orab.
De repente, el mar que era el cielo, regresó a las alturas dejándome de golpe en la tierra junto a Yessika. "R'Orab, tu reina te saluda."
Fue lo último que escuché para caer rendido, exhausto de lo que viví ese día.

Esta vez despertaba por una tremenda molestia, un par de cangrejos rojos estaban luchando con mi mano izquierda, hasta hacerla sangrar. Retiré con dolor las tenazas para ir a la choza y vendarme la mano.
Al llegar a la calle, vi que algo era distinto; las demás chozas tenían estrellas de mar, erizos, percebes, corales; por un instante me sentía dentro de una pecera sin agua. Al seguir caminado logré ver que la choza del anciano, ahora está destruida, al parecer algo cayó sobre ella. "Pudiendo caer en tanto suelo, caíste ahí." Yessika se acercaba pero lo hacía como una infante, con las manos detrás de su espalda y casi bailando con cada paso. Comenzó a cantar:

"Él se cayó del mar
y a su choza fue a dar.
Qué tonto el pescador
que se hace llamar R'Orab…"

Sentí la sangre caerse de la mano en delgados hilos; ella observó mis heridas para sujetarla y se veía atónita. Preguntó que era esa agua roja que salía de mí, dije que es sangre y expliqué el porqué de ello, qué siento dolor.
-¿Qué es dolor?
-¿No has sentido dolor? -Dije. Se encogió de hombros.
-No sé, ¿qué es dolor?
Puedo poner la palabra dolor en un poema, escupirlo en frases y tal vez tratar de generar un concepto, pero nunca pensé que tenía que explicar qué es el dolor. Estuve tentado a decir que es cuando algo te duele, pero no sería suficiente.
-Explicaré con calma y a detalle qué es, pero primero debo vendarme la herida.
-¡No, exijo que me digas ahora!
No presté tanta atención a su orden, la prioridad era curarme. Fui hasta los destrozos de la choza para encontrar algo, pero Yessika tomó mi mano de golpe haciendo que pegara un fuerte grito, de su vestido sacó una pequeña concha afilada y se rasgó la piel de su brazo para que de ella se dejará fluir un líquido brillante color turquesa; era su sangre. Derramó un par de gotas en mi herida y de inmediato comenzó a sanar sin dejar cicatriz. Hecho eso, observé su brazo, fue grande mi asombro al ver que su herida se cerraba, y lo poco de su sangre se convertía en un polvo muy delicado que era arrastrado por el viento.
-No tienes excusas; ¿qué es dolor? -Dijo, y no sabía cómo explicarlo.
Pregunté qué fue lo que sintió al cortarse el brazo, a lo que respondió que tenía ganas de saber lo que es dolor, pero estaba desesperada porque no quería contestarle. Puede leer la mente, pero lo que tengo sobre ello, no lo entiende; ve palabras que no le dicen algo, sólo palabras sin sentido alguno, al menos para ella.
-El dolor, es eso que no comprendes o mejor dicho, no lo has experimentado. Cuando tengo una herida, no sólo brota sangre, hay dentro de mí una sensación fuerte que me indica que algo no está bien. El dolor es la respuesta del cuerpo a una advertencia.
-¿La sangre es dolor?
-No… bueno, puede ser pero no. El dolor es algo que sólo tú puedes sentir, y es notorio en la herida que tengas.
-No lo entiendo… -Hizo una mueca con su boca.
Si Yessika no ha experimentado el dolor, significa que tampoco lo ha hecho con otras sensaciones, entonces no conoce el calor y el frío. Pensé. Fui hasta los escombros de la choza, hice un poco de yesca y tratando de recordar programas de televisión donde te enseñan a hacer fuego, comencé a frotar dos trozos de madera. Ella se acercó y se puso de cuclillas para observarme atenta. Lo intenté, pero no brotaba ni una chispa, nada. "¿Qué haces?" Dijo, contesté lo que pensaba a hacer.
-¿Qué es fuego?
-Ay, no, Yessika… ¿tampoco sabes qué es fuego?
Ella estaba aún sentada y sus manos sobre sus rodillas mirándome atenta. Negó asintiendo con su cabeza y un rostro bastante tierno.
Busqué en los bolsillos de los pantalones la cajetilla de cigarrillos, saqué uno y dentro de la misma estaba el encendedor, al accionar el mecanismo para obtener la flama, caí en cuenta y grité: "¡Soy un pendejo!"
Yessika se incorporó cuestionándome: "¿Eres R'Orab o eres pendejo?"
-¿Por qué me dices así?
-Tú mismo lo has dicho, no te puedes cambiar el nombre. No es un juego.
Me tiré al piso para soltar una amplia carcajada que logró sacarme lágrimas. Estaba revolcándome de risa, balbuceando: "Un pendejo… ella pensó que… no leyó mi mente, lo dije de corazón…"
Puso un ceño fruncido, no entendía mi risa y sólo ordenó que me detuviera para explicarle lo que ocurre. Ese día, Yessika conoció el fuego, pero no sentía el calor del mismo y era obvio que no sentiría el frío.

Pasé varios días, al menos eso pensaba ya que no he visto una noche desde que estoy aquí. Le he explicado a Yessika las emociones humanas, empecé con el dolor, luego sensaciones primarias como el fuego y el frío; no las entendía por completo pero ponía bastante atención. Los cigarrillos se acabaron, dejé de fumar. Es muy difícil mostrarle a alguien cómo son los sentimientos, cómo se sienten… varios días tratando de expresarlos, y el último fue el amor, por considerarlo el más importante.
-¿El amor es una entrega? -Dijo.
-Así es, Yessika; es dejar a un lado, es renunciar al "yo" para convertir un "nosotros" con la otra persona; es despertarte día a día, sonriendo, siendo feliz y afrontando todo para compartirlo a la otra persona. Es verla a los ojos, sentir que puedes vaciarte en un instante para llenarte de ella, volverte a vaciar para recomenzar. Es entregarte, renunciar a ser quien eres pero seguir siendo tú.
En eso, Yessika, se ponía de pie para echarse a correr hacía unas rocas a la orilla de la playa. La miraba sentado en la arena, al parecer estaba queriendo atrapar algo en las pequeñas comisuras de las rocas cuando las olas del mar las vestían y las desvestían con su espuma. Después de unos minutos, regresó a mí con las ropas empapadas, sudor en la frente y la respiración agitada; en sus manos llevaba unos pequeños caracoles que tenían dentro unos langostinos con los colores del arcoíris.
-Son lo más delicioso de aquí, sólo llegan 7 por día y te los entrego, renuncio a ellos para dártelos. –Lo dijo con una enorme sonrisa.
Acepté su regalo, pero le compartí del mismo. Mientras los comíamos, le preguntaba por qué estaba aquí, por qué no hay más personas…

Yessika no es humana, es una real sirena. Ella vive aquí, este es su mundo; de salir a la superficie sólo tendría el cuerpo en forma de agua. Ahí recordé ese extraño sueño, no fue un sueño, fue ella quien subió por mí. También reveló que vio en mí, una chispa, una luz diferente a la del sol; se ha sentido sola durante mucho tiempo y de vez en vez, sube por un pescador para platicar, pero los hombres sólo la quieren por su belleza y cuerpo; nadie le ha regalado momentos como los que hemos tenido.

No recuerdo cuando he sido tan feliz, como lo soy ahora. Comencé a tomarle mucho cariño a Yessika. Le platicaba de mi oficio como poeta, lo que he vivido, a donde he viajado y que he visto. Ponía total atención a cada palabra. Un buen día, sentado en la playa, un cangrejo rojo le rasgó su vestido; se molestó, le dijo que eso no se le hace a una reina, se puso de pie para patearlo. Fue un acto tierno, desde mi punto de vista, pero ella se molestó mucho. Su vestido se rasgó considerablemente de un costado, le gustaba bastante. Fui hasta una choza, tomé hilo y aguja, lo que usan para reparar las redes; regresé hasta ella, la senté y yo me puse de rodillas para remendar su vestido. Mientras lo hacía, relaté la historia de un sastre que tenía manos mágicas y un deber que cumplir con un rey. Yessika estaba encantada de mi historia, pero fue mayor su encanto al ver que su vestido no tenía esa fea rasgadura; no soy bueno con el hilo y la aguja, pero hice un buen trabajo.

“¡Viva, viva el sastre de la reina!
Tiene manos mágicas
y además es poeta…
¡Viva, viva el sastre de la reina!"

Se puso a cantar y a bailar, estaba contenta por lo que hice; de repente, al otro extremo de la playa se veía una rara marea roja llegar con un sonido de cascabeleo. Eran miles de cangrejos rojos, al parecer se molestaron de que Yessika haya pateado a uno de los suyos.  Ella se les puso de frente para gritarles que detuvieran su andar, como su reina les ordenaba. No hicieron caso, así que fui hasta ella para tomarla en brazos y echarme a correr. "¡Suéltame, te digo que me sueltes! ¡Soy su reina, deben obedecerme!"

Me golpeaba la espalda y pataleaba, pero seguía corriendo. Pasé por la calle y al hacerlo, tomé un remo que estaba recargado en una de las puertas; seguí corriendo hasta llegar a un montículo de piedras filosas, pero más arriba de ellas, había una piedra plana. Pensé que sería buen lugar para refugiarnos y tratar de defendernos de esos cangrejos.
Subí a Yessika hasta ahí, me corté brazos y piernas, pero ella estaba a salvo. La piedra plana era muy pequeña para los dos. "No se mueva, mi reina." Dije; debieron ser los nervios o la adrenalina del momento, pero entré en su juego de llamarla reina. Debió ser el impulso de hacerla sentir bien, de traerle calma en un momento crucial.
Bajé, tomé el remo con ambas manos y estaba listo para la defensa. Ella seguía gritando a los cangrejos que se detuvieran, pero no escuchaban. Estaba impaciente y asustado.
Momentos así, es cuando llegan escenas del pasado para mezclarse con las emociones que ahora se viven. La vez que estaba más nervioso, fue cuando presenté mi primer libro de poemas: CANTOS DE SIRENA. Llegaron tantas emociones, todo en este instante; cada uno de los versos se materializaban para darme la fuerza necesaria de luchar por Yessika. Extraño, pero sentí que me había preparado todo una vida para este momento; las clases de esgrima, mis poemas sobre sirenas, el defender y proteger; todo… todo tenía sentido ahora.
Respiré profundo, y esperé al destino con el remo en las manos.

Olas tras olas de cangrejos rojos arremetían contra nosotros; los golpeaba a penas los tenía al alcance, unos tantos llegaban a causarme daño en las piernas pero los pateaba; Yessika gritó, había cangrejos subiendo, y me giré para golpearlos, al hacerlo, algunos se apoderaron de mi espalda para lastimarla con sus tenazas. Como pude, me azoté contra las piedras, prefería el dolor de las mismas que unos cangrejos; seguía luchando y defendiéndola. No tarde mucho en sentir que la fuerza se iba poco a poco. "Mi reina, no se preocupe; ya pronto pasará. Quedan unos cuantos." Le gritaba para calmarla. "Ya quedan pocos, los comeremos en la cena". Seguía gritando, dicen que si uno miente con el corazón, es probable que sea una verdad. "Mi reina, le contaré la historia de un hombre que luchó con cien gigantes por el amor de una princesa… le gustará la historia."
Mis brazos, piernas, espalda; mi cuerpo se llenaba de sangre. La vista se hacía borrosa; ya no tenía tanta fuerza, estaba exhausto pero debía seguir. Un golpe más, y caí de lleno al piso. Sentía las tenazas rasgarme, el cascabeleo de las pisadas era ensordecedor, pero en un suspiro de silencio, escuché el grito de Yessika que me devolvió el alma al cuerpo. Me incorporé, grite con todo el espíritu para dar los últimos golpes… subí un poco por esas rocas, ya sólo estaba moviendo el remo de un lado a otro, no golpeaba nada: "Mi reina, la protegeré…" Recuerdo haber dicho eso, y caí al suelo.
Sentí dolor, pero poco a poco sentía que flotaba. No había sonidos, no había nada; estaba embriagado por una inmensa paz. Tuve un sueño, en el que Yessika llegaba volando hasta mí para abrazarme, sentirla como si fuera agua rodeándome por completo.

Despertaba dentro de una choza, escuché leves sollozos, era ella sentada a un lado con las manos sobre el rostro; estaba llorando. Me encontraba bastante débil, con mucho esfuerzo extendí mi brazo para tocarla. "Mi reina, ¿le hicieron daño los cangrejos?" Nos miramos, le sonreí; sus ojos se llenaron de hermosas lágrimas para luego abrazarme.
Yessika me contó lo que pasó después. Ella se enfureció tanto que hizo que el cielo cayera para alejar a los cangrejos, pero al hacerlo, el mar me hizo flotar muy lejos. Ya luego fue por mí para regresarme seguro a esta choza, dijo que había dormido durante bastante tiempo; que ya no sabía si despertaría.
Sentía su aroma, su cuerpo sobre el mío; estaba en paz.

Pasé algún tiempo sin moverme, Yessika me cuidaba y mientras lo hacía, le contaba más cuentos. Las cosas no iba muy bien, a pesar de que mis heridas habían cicatrizado por la sangre de ella, mi alma tenía grandes heridas. Al parecer, esos cangrejos no sólo dañan la carne, también el interior. Cada día estaba más débil, al punto que no quería comer pero lo intentaba.
Yessika llegaba cada día con esos langostinos arcoíris, su mirada era tierna, pero sabía lo que pasaba.
-Mi reina, lamento no estar de pie. Pero estoy muy cansado. Quiero dormir…
-No, no duermas más. ¡Te lo ordeno!
-Estoy cansado, perdóneme mi reina.
Yessika no contuvo las lágrimas, sabía lo que tenía que hacer. Dijo que aquí no podría curarme, que necesito del sol humano para sanar las heridas de mi alma; eso significa que debe llevarme a la superficie. Lloró tanto, que me hizo llorar.
-¿R'Orab?
-Dime…
-¿Está sangrando mi corazón?
Con mucho esfuerzo traté de incorporarme, pensé tenía una herida de esa batalla, pero no conseguí mucho. Yessika dijo: "Mi corazón debe estar sangrando, porque pensar que te tienes que ir, hace que me duela mucho."
Envolvió mi cuerpo con algunas redes, en ellas, puso tres botellas con agua; una caja de metal con algunos langostinos dentro, un par de conchas afiladas, trozos de papel, encendedor y algunas mantas.
El cielo bajaba nuevamente pero muy despacio. Me tomó en sus brazos y logré ver como Yessika dejaba su cuerpo para convertirse en una figura de agua. Antes de que el cielo llegara por completo, de su vestido sacó una concha en forma de triángulo, y en cada vértice, un remolino. La puso en mis manos…
-¿Qué es esto, mi reina?
Besó mi frente con lágrimas en los ojos: "Es el corazón de una sirena."
Cerré los ojos, la calma llegaba por mí.
Volví a despertar, pero esta vez era de noche. Ya podía moverme, pero estaba lejos de Yessika, estaba en una isla. Aquí ya tenía cómo contar los días. Pensé que todo fue un sueño, que caí de la barca del anciano para que el mar me arrastrara hasta aquí, pero tengo en las manos lo que ella me regaló antes de partir de sus brazos.

Hoy escribo esto en papel para ponerlo dentro de una botella y alguien pueda leer esta historia. No busco un rescate, pero de tenerlo, es para ir a aquella playa y estar otra vez con ella.
Sigo aquí, sentado frente al mar en espera de que Yessika regrese, porque deseo estar ahí, vivir en aquel reino donde ella es mi reina.



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Un pedazo de tu cielo, sirena,
para perder el miedo a lo que no se conoce;
sólo una cachito de ti
para lograr iluminar cada paso
y salir victorioso
del mar de la soledad.
Un trozo de ti, sirena,
para que la voz se haga dulce
y el marino pueda soñar.
Algo, un poco de ti, de tu esencia...
no es mucho ni poco,
no es todo o nada,
pero es un recuerdo de ti, sirena,
para nunca más poderte olvidar.

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En tu piel se escribe la historia de un poema
y es abrazada por tus largos cabellos
que mantienen tu nombre en secreto.
En tu cuerpo recae la luz
que brilla con cada ola en el mar.

Te espero sentado en la playa,
observando el fin de la tierra
para unirse con el mar;
espero el momento en que en esos ojos
tan llenos de serenidad y fuego,
un día me pueda reflejar.

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CAPÍTULO DOS



Pasaron veintiún días desde que un barco tripulado por defensores del mar, me rescató.
Estaban escoltando a una familia de delfines hacia aguas más seguras, cuando uno de los tripulantes me observó sentado en la playa. Dicen que fue suerte, una de entre un millón. No hablaba su idioma, y fue hasta llegué a un puerto donde logré estabilizarme, luego fui a la embajada de mi país y regresar. Al parecer, en la ausencia que tuve, el libro CANTOS DE SIRENA fue un éxito. Tuve un regreso de antología, pero en mis ojos se guardaba una infinita nostalgia.
Pasaron un par de meses muy intensos, y al final de los mismos, regresé a aquella playa en automóvil para tratar de volver al mundo de hermosa fantasía, pero sólo encontré chozas viejas y descuidadas. Ese día lo viví sentado en la playa hasta que llegó el amanecer. A lo lejos divisé una pequeña barca que tiraba redes a la bahía, me levanté para gritarle, hacer señas con los brazos; el pescador me saludó. Después de unas horas, ese hombre se acercó, ofrecía su mercancía a precios baratos, según él. Compré algunos pescados, sólo para lograr preguntarle sobre la gente que vivía aquí. La historia de ese pescador, fue reveladora.

Hace muchos años, esta playa era de una tribu de pescadores, unos muy especiales; según el relato, porque se les entregó la tarea de cuidar sirenas a cambio de tener buena pesca. Fueron avariciosos, pescaron más de lo que necesitaban y dejaron a un lado su tarea principal; el Señor del Mar se enfureció tanto que les mandó una plaga de cangrejos rojos para castigarlos. Desde entonces, la bahía ha estado maldita para quienes no son de buena voluntad.

Le dije que estuve de vacaciones aquí, le mostré donde dormía… el pescador se echó a reír. "Disculpe que me ría, pero desde que mi padre era niño, nadie ha vivido aquí."

Despedí al hombre; encendí fuego para cocinar esos pescados, y en el proceso fui por piedras, bastantes piedras.
Comí muy bien, siempre mirando al mar. Al día siguiente tenía que partir pero dejé en la playa el símbolo que Yessika me regaló, era el emblema de su corazón pero lo hice con las rocas para que supiera que estoy aquí, y que sólo necesito que me llame, que me dé una señal para indicarme el camino de regreso.



Yessika pasó sus días recostada en aquella piedra plana, la que sirvió para protegerla de los cangrejos. Miraba el mar del cielo, se preguntaba tantas cosas, que en cierto día, ella buscó piedras, y con mucho trabajo las puso en la playa para formar una palabra: R'Orab.
Recordó todo lo que aprendió cuando él estaba a su lado, hasta intentó hacer fuego con dos trozos de madera pero no pudo. Poco a poco fue reparando el lugar, sobre todo la choza del poeta. Tomó su equipaje, sacó algunas de sus prendas, hizo una especie de maniquí y lo vistió con ellas.
Había pasado tanto tiempo sola, pero era la primera vez que sintió la soledad fermentarle en la piel. Le hablaba todos los días a ese maniquí, los langostinos arcoíris que atrapaba los comía ahí. Recordó esa vez que se los regaló cuando le explicó qué es el amor. R'Orab tomó los 7 langostinos, pero le compartió a ella 4; y dijo: "El amor, no sólo es entregar, es compartir."
Ahora, Yessika le dio 4 langostinos: "Siempre me dabas la mayor parte." Comenzó a llorar, y luego golpeó al maniquí gritándole que debía regresar, era orden de su reina.
No había día en que ella no se preguntará por su poeta. Se preguntaba por qué sus ojos se llenaban de lágrimas al pensar en él, al imaginarlo, sentirlo a su lado. Un buen día, mientras reparaba el letrero hecho de piedras porque la marea movió algunas; Yessika sintió la tenaza de un cangrejo azul; se sorprendió de verlo ahí y más porque en su coraza tenía escrito algo:

"Sígueme"

El cangrejo se echó a andar, y lo seguía a su paso. Caminó por toda la playa, subió algunas rocas y el cangrejo se aventó al agua; Yessika se encogió de hombros para ir en persecución de él.
Nadó un poco, y el cangrejo llegó hasta unas ruinas sumergidas; ahí se detuvo, comenzó a usar sus tenazas para hacerlas sonar y en segundos llegó un delfín morado con unas líneas negras. En la boca del mismo, tenía un rollo de papel que le entregó en sus manos:

"Trisken te llevará"

Yessika se llenó de dudas, pero optó por montar a Trisken, a penas arriba, el delfín emprendió un viaje a otro mundo.

En el viaje, ella observaba tantas cosas que inundaban sus sentidos; colores y formas, seres diferentes a los que ella conocía. Con cada segundo, se daba cuenta que estaba muy lejos de su bahía, de su reino.
Trisken la llevó hasta una ciudad construida con coral naranja y los rayos del sol caían sobre el lugar, dando una imagen majestuosa.
Entraron, pasaron por calles, viviendas y locales; los seres que ahí habitan, son azules, con branquias en el cuello, ojos de color verde, naranja y turquesa; eran como personas pez, muy amables, pero cuando Yessika pasaba por ahí, ellos la saludaban, como si supieran quien era.
El delfín detuvo su andar al llegar a las puertas de un gran castillo, había dos hombres piraña custodiando el acceso pero al verla, retiraron cadenas. Por alguna extraña razón, sentía que todo le era familiar.

En el interior, en el corazón del castillo, un hombre anciano con una mirada de infinita soledad, posaba sus ojos en las puertas de la sala. Murmuró: "Yessika debe estar cerca."

Cuando  se adentraba más, observaba lo majestuoso del sitio. Trisken se detuvo ante unas grandes puertas, ella bajó. Al hacerlo, se abrieron de una manera imponente dando a conocer una hermosa sala del trono, y al fondo de la misma, una atalaya fuera de toda imaginación. Yessika caminaba con bastantes interrogantes, pero el hombre se puso de pie, extendió los brazos para darle la bienvenida.
-¿Quién eres? -Dijo Yessika.
El anciano, respondió a la pregunta, una revelación que movió todo el espíritu de ella.
-Me conocen como El Señor del Mar, pero tú me conoces como tu padre.

Ella tenía tantos sentimientos encontrados como preguntas que se van atropellando unas a las otras en su mente, no sabía qué hacer, qué decir. Escuchó atenta lo que ese hombre que se mostraba como su padre, le contó:


Cuando se creó el mundo, El Gran Dios, dio vida a tres dioses más para que reinaran: El Dios del Cielo, El Rey de la Tierra y el Señor del Mar.
Los tres se reunían para crear los paisajes del mundo, los seres quienes lo habitarían, como sus palacios. El primero de ellos, creó las aves, las nubes y el viento; también engendró a seres alados que viven en un castillo flotante de nombre Wingans. El segundo, entregó al mundo todos los seres que hoy habitan en él, desde cervatillos hasta leones; optó por hacer su morada en el volcán más alto, habitado por seres de fuego y lava, a quienes nombró Terrasainos. El tercero de ellos, construyó su castillo en el fondo del océano, creó a todos los seres marinos, la raza de Aquatiks y fue el único que engendró hijos, las sirenas.
El mundo vivía en total paz y armonía, pero llegaron a un punto en que sus propios súbditos no podían compartir cosas, ya que un Wingan, si toca la tierra, a éste se le caerán las alas para morir poco a poco; y así con los demás. Los dioses estaban cuestionando sus creaciones porque las hicieron tan perfectas para ellos que no pensaron en que estos pudieran abandonar los reinos para ir a otros. Se volvieron a reunir para dar una solución a esto, pasaron años pensando y el resultado fue el de crear al hombre. Un ser que podía estar en los tres reinos pero de manera limitada, pero para hacerlo, lo crearon con la mente en blanco para que la llenaran de conocimiento y así pudieran intercambiar cultura.
La solución fue todo un éxito, el hombre comenzó a poblar la tierra, a visitar los cielos y navegar por los mares; los tres dioses estaban orgullosos de su última creación, que se dedicaron a vivir felizmente en sus palacios.
El único de ellos que decidió tener hijos, vivía sólo para ellos. Creo a 7 sirenas, y cada una era reina de un mar. Aunque las demás tenían edad suficiente para reinar sus respectivos lugares, Yessika era la más pequeña de todas y su padre la consentía mucho, al punto de que no la separaba de su lado. Pasaron cientos de años, todo estaba de maravilla.
Lo que no pudieron prever los dioses, es que el hombre, al darle una mente en blanco para adquirir conocimiento, les permitió la facultad de liberarse de ellos. Comenzaron a crear sus propios cultos, a golpear el equilibrio existente y enfrentar a sus creadores. Hubo una enorme guerra, los tres reinos contra el hombre.

La batalla fue atroz, las bajas en ambos lados eran muy notorias y no se veía un final para esto. Algunos hombres decidieron unirse a los dioses, pero la gran mayoría estaba en su contra. No había más remedio que unir el poder de los tres para terminar la guerra.
Para mandar El Castigo Divino, los tres dioses debían unir sus fuerzas, pero para ello, El Señor del Mar tenía que ubicar a sus 7 hijas en sus respectivos reinos; fue doloroso para él por el apego que tenía por Yessika, aún muy pequeña para saber lo que pasaba.
Del cielo cayó una lluvia de centellas, la tierra se movió en tremendos temblores y las aguas crecieron para inundar el mundo. Se arrasó con la gran mayoría de los hombres, pero fue el único camino para terminar con esta guerra. Sólo aquellos que estaban de su lado, sobrevivieron, y les entregaron rollos de papel con el conocimiento necesario para que su conciencia fuera plena y estuvieran en total comunión con su entorno. Dividieron a los hombres en 7 grandes tribus; a cada una se les dio la tarea de cuidar a las hijas de El Señor del Mar, porque ellas son pilares que sostienen al mundo, pero también son los sellos que podrían liberar El Castigo Divino.

Yessika se quedó pasmada con dicha revelación; ella estuvo desde pequeña al cuidado de unos hombres pero estos, dejaron de atenderla, la olvidaban.
-¿Por qué estoy aquí?
-Te he mandado a traer porque no soporto vivir un día más, sabiendo el tremendo sufrimiento que guarda tu corazón, hija mía. ¿Qué ocurre? ¿Por qué tu espíritu llora en silencio?
No pudo contener el llanto, agachó la cabeza y las lágrimas le fluían para vestirle el hermoso rostro de sirena.
Su padre la escuchó atentamente hasta que ella cayó cansada, entregándose al sueño, cosa rara porque nunca había dormido.

Tuvo un sueño, en donde ella caminaba de la mano con su poeta en una estructura de madera, como una calle sobre el mar; a lo lejos se observaban grandes construcciones de metal iluminadas con estrellas; se escuchaba música y los humanos se divertían ahí. El cielo se volvía oscuro, salían bolas de fuego desde la tierra y éstas explotaban en hermosos colores. Ella estaba feliz, junto a su poeta.

El Señor del Mar observaba a su hija dormir, escuchaba que de vez en vez pronunciaba un nombre. Él no sabía lo que pasaba, su hija está soñando, algo muy ajeno a ellos; es más una cualidad humana.

Había pasado mucho tiempo desde que se reunió con sus hermanos, pero tenía que hacerlo para pedir su consejo en esto.
Al llegar con ellos, los dos estaban sorprendidos de lo que acaban de escuchar. Pensaron tantas opciones, pero ninguna era buena. Le recordaron que Yessika es un pilar del mar, que si ella abandona su reino para vivir en el mundo humano, se crearía un desequilibrio; al cual, defendió por el amor a su hija: "Fui el único de entre ustedes, mis hermanos amados, que decidió crear hijos. Vi a mi pequeña llorar, la sentí sufrir y es un dolor tan imponente que rebasa mis manos. Vengo a ustedes, iguales a mí ante el mundo, para entregarle la oportunidad a mi hija de vivir feliz, aunque sea a lado de un hombre."

Los otros dos dioses reflexionaron el argumento de su hermano, y aceptaron ayudarle para que Yessika viva un tiempo lejos de ellos.
Concentraron sus fuerzas, y juntos crearon un emblema. Era la unión de los tres reinos divinos, que llamaron "Brau".
Ella debía portarlo todo el tiempo, de quitárselo, regresaría de inmediato a su forma original y obviamente, a su reino. Advirtieron que al convertirse en humano, tendría todas las cualidades de los mismos, sentimientos, sensaciones, todo, menos el seguir creciendo para que ella pueda regresar sin problemas…



Llegué a la bahía al día siguiente, cargué en el automóvil algunas cuerdas, tablas de madera y herramientas; estaba decidido a construir una choza en el lugar para esperar por Yessika. Comencé a marcar sobre la tierra las dimensiones de la misma, amarraba tablas y las afianzaba con clavos; fue una labor titánica para alguien que en su vida ha construido algo.
La noche llegaba, tenía las manos laceradas por el trabajo pero valía la pena la sensación de dolor. Me recosté en la arena para observar las estrellas, pensaba en ella, comencé a llorar por lo mucho que la extraño. De repente, escuchaba mi nombre dulcemente, por un momento pensé que estaba rumbo a ella y fui corriendo al mar para repetir todo el proceso… debió ser una alucinación. No ocurrió nada. Grité con todo mi cuerpo, su nombre.
Di media vuelta, las lágrimas llegaron de nuevo. Resignado a todo, tomé el martillo y por la impotencia que en ese momento me rodeaba, empecé a romper lo que tenía construido. Exhausto, de pie frente a lo que había hecho, dejé caer el martillo para seguir llorando. Cerré los ojos y sentí que alguien me abrazaba por detrás; la sensación era tan real que dije: "Yessika, si esto es un sueño, te pido de favor que no dejes que despierte; pero de ser real, no permitas que vuelva dormir, nunca más."

-No sé qué es un sueño… ¿qué es?
Me giré, era ella, es Yessika…
-¿Estamos en tu mundo?
-No, estamos en tu mundo, R'Orab.
La abracé. Comenzamos a llorar de alegría. Explicó cómo es que está aquí, mostró el emblema junto con las condiciones que los dioses han puesto.
-¿Renunciaste a tu vida? -Dije.
-No, no he renunciado a nada. Estar sin ti me dolía mucho. Te dejé ir, como me dijiste, el amor es una entrega y renunciar a uno por la otra persona sin tener que renunciar a sí mismo. Sin ti, no podía vivir.


Esa noche fue sólo nuestra, me contó a detalle lo que pasó en nuestra ausencia y también le relaté todo lo que hice; cómo me encontraron, todo. No dormimos por estar conversando, vimos el amanecer llegar mientras nos quedamos abrazados.
Quién hubiera imaginado que ese sería el comienzo de una gran aventura que llegó a ser tocada por fuerzas oscuras…



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Morir entre tus brazos,
soñar con la caricia de tu mano en mi rostro
como si quitaras la pesadez de una vida
con un simple movimiento de ti.

Sirena, dulce regalo de vida,
para quitar las noches de obscuridad
y llevarme lejos, a tu mundo,
un lugar donde jamás
podrá encontrarme la soledad.

Aroma de nubes nadando en el cielo,
así es tu piel y tu aliento
cuando me cantas tiernamente al oído
y alcanzar el sueño,
despedirme de mi mundo
e irme contigo, lejos, mujer lejos,
a tu mundo.


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CONTINUARÁ...



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