miércoles, 3 de abril de 2013

UN CUENTO EN ABRIL


Hace mucho tiempo, en un lugar que tal vez para muchos sea conocido y para otros sea lo más lejano que hayan visto; en un bosque dentro de un hermoso valle rodeado por montañas que dan una sombra en días calurosos que dan la frescura eterna, donde los frutos estaciónales se van de la mano unos con otros para que ese bosque tenga siempre la vida en ellos. En ese bosque hay un arroyo que provee del vital elemento a todos los seres que ahí habitan. Es un lugar muy hermoso, es un verdadero paraíso. Fue hace tiempo en que ese valle tuvo la visita de un algo inesperado. De ese arroyo bajaba con la corriente un huevo, pero un huevo singular, uno nunca antes visto por los ruiseñores, los luises, los zanates y colibríes. Nadie de los que ahí habitan el vale había visto un huevo así. Tenía un color sepia muy claro, con manchas y betas verdes grisáceas, como una piedra mineral pero bien redondeada. Ese huevo flotaba con la corriente hasta llegar a atorarse con unos juncos y piedritas, fue ahí donde encalló dicho huevo. Los animales del valle se acercaron y se preguntaban qué era esa cosa que parecía huevo pero con un aspecto extraño y nauseabundo. “Parece un huevo podrido” dijo un cervatillo; “¡Es una piedra que flota!” grito una oruga que se colgaba de una rama de pasto. Nadie sabía que era esa cosa, no querían ni tocarlo. No sabían qué hacer con dicho objeto y después de algunos comentarios, un tejón propuso enterrarlo, pero no querían acercarse ni tocarlo por temor a que tuviera una enfermedad o algo raro. Entonces, la vieja lechuza propuso que le arrojaran tierra ahí donde estaba para poder enterrarlo; así nadie lo toca ni se contagia de mala suerte o algo raro, no envenena el arroyo y nadie saldrá afectado. La tarea de enterrarlo fue llevada a cabo, los cervatillos y venados excavaban con sus pezuñas para liberar la tierra y los conejos se encargaban de aventarla al extraño visitante encallado. Los ruiseñores y zanates volaban para traer ramas y ponerlas sobre el montículo de tierra que se formaba, mientras más cosas, mejor, así se aseguraban de no enfermarse y alejar la mala suerte de ese huevo.
Un buen día de verano, el primer día de verano, un día muy caluroso; el montículo que habían creado se movía y movía. Los animales se acercaron por temor a que la mala suerte se hubiera liberado. Cuando se dieron cuenta, era una avecilla que ha nacido, que gritaba por comida y por la presencia de su madre. Los gorriones miraron a los zanates y dijeron que era uno de los suyos porque tenía un plumaje grisáceo esponjado, muy al negro de los zanates; pero los zanates muy arrogantes dijeron que esa cosa no era de su clase, que ellos tienen un plumaje hermoso e iridiscente, que ellos sí tienen clase,  y que esa cosa era una ave rasposa, horrible y sin clase. Sabían todos que era un ave, pero nadie quería hacerse cargo de ella, ni siquiera la vieja lechuza, nadie. Dejaron a su suerte a la pobre avecilla con su plumaje esponjoso y grisáceo, gritando por comida. Pasó un día sin comer y muy solo, pero era verano y las lluvias llegaron. Agua en todas partes, agua que provocaba que el suelo se envolviera en lodo y las lombrices de tierra salieron para no ahogarse. Momento de fortuna para esa pequeña ave y comenzó por instinto a devorar y devorar lo que las lluvias le daban.

Pasaron los meses y meses, y esa ave crecía y crecía por sus propios medios. Encontró refugio en un hueco de un árbol que cayó con las lluvias; ahí encontró resguardo de las lluvias ocasionales, del viento, del calor intenso, pero sobre todo, de las burlas, los malos comentarios y agresiones de los otros animales del valle. Dentro de ese tronco, lo ha decorado con piedritas de colores que encontraba en sus caminatas ocasionales, ramas de formas extrañas que luego ponía en un orden que él se imaginaba. Las demás aves se burlaban de él porque caminaba mucho, que no volaba. Se reían de qué era un ave grande, con un plumaje tan negro mate que se perdía en las noches más iluminadas de luna, no tenía un canto como las demás aves sino un graznido fuerte y espantoso. Siempre había burlas pero las princípiales, era que no volaba como las demás aves. A esa ave le gustaba mucho encontrar algunas cosas para decorar el interior y exterior de su tronco, pero algunas veces regresaba de sus viajes y encontraba todo destruido y mojado porque los demás animales le hacían esas travesuras ocasionalmente. Triste, pero no desanimado, volvía a empezar a decorar su tronco.

Un buen día de primavera, regresaba de su caminata con una piedrita roja muy llamativa que encontró en el arroyo, era muy hermosa parque tenía el color necesario para que fuera la piedrita que adornara una composición de colores grises que ha creado. Regresando, su tronco estaba destruido pero como las veces anteriores, sino que está vez le arrojaron grandes piedras los ciervos con sus cornamentas, los conejos y tejones quitaron cortezas, el resto de los animales ayudo en tal proeza miserable. Destruyeron su tronco, su casa. Luego, tomaron las piedritas que tanto trabajo le costó a esa ave juntar, y se las arrojaban para herirlo. Esa ave no podía creer que le estaban haciendo todo eso, que todo su esfuerzo y dedicación le era arrojada; no se movía, nada. Dejo escapar lágrimas de desesperación, de impotencia, y mucha tristeza. Observaba como le gritaban, como lo insultaban y trataban de herirlo con sus piedras. Miró al suelo, en verdad no creía que esas hermosas piedras grisáceas de muchas formas, estuvieran ahí en la tierra. Todo su trabajo, su imaginación, todo lo que le representaba eso que ha recolectado… ya no existe, no más. Algunas de esas piedras le golpearon el cuerpo y lo hicieron sangrar, pero ese dolor no era el importante, porque sus acciones ya le habían destrozado el espíritu. Dejo caer la piedrita tan hermosa de color rojo que encontró apara su composición, la dejo caer ahí mismo donde sus lágrimas brotaron y su sangre la tierra manchó.

Llegada la noche, esa ave caminaba en sentido opuesto a su antes hogar. Caminó y caminó durante algunas horas hasta que se agotó, se sentó en una piedra de buen tamaño y se puso a llorarle a la luna. Estaba temblando del coraje, del dolor que sintió al ver tal acto de maldad contra él; estaba llorando tan fuerte como sus fuerzas le permitían. Le gritaba a la luna “¡¿Quién soy?! ¡¿Qué soy?! ¡¿Por qué esto a mí?!” Lloró, lloró hasta que se quedó dormido.

Los leves rayos de una nueva mañana le acariciaban el pico, el grueso pico y su plumaje mate; se despertaba con fuerte dolor en el cuerpo y miraba a su alrededor y no reconocía nada, todo era nuevo para esa ave. Estaba en un lugar muy lejos de donde fue exiliado con dolor. No era como ese valle, pero cualquier lugar donde no fuera agredido es mucho mejor que ese valle. Su cuerpo estaba adolorido, y caminó hacia un arbusto con mucho trabajo; tomó con su pico algunas moras y con trabajos, comió lo necesario para ese día. Luego regresó a esa piedra, y durmió un poco más.

Ya se estaba anunciando el ocaso, cuando un sonido familiar lo despertaba de su letargo. Como pudo, abrió los ojos y con algo de temor quería salir de ese lugar pero volvió a escuchar ese sonido y la curiosidad lo arropaba. Observaba a todos lados, escuchaba ese sonido pero no sabía de dónde provenía; fue entonces que vio como una pluma negra mate con una franja blanca aperlada caía de los cielos, miró con gran asombro y alzo la cabeza. No podía creerlo, en los cielos se dibujaba la silueta de un ave negro mate de su tamaño, estaba volando en círculos alrededor de él. No podía creerlo, no lo creía. Comenzó graznar tan fuerte como su cuerpo adolorido le permitía.

Después de unas vueltas, esa figura en los cielos aterrizo a un lado de él. ¡Hola, cuervo! ¿De dónde eres?  Dijo esa hermosa ave con ojos de un caramelo de café, un pico bello con una leve manchita en él, una manchita en es pico pero del lado izquierdo. Una hermosa ave con plumaje negro mate, con leves líneas blancas aperladas y muy parecida a él.
“¿Cuervo?” “Soy un cuervo” Pensó asombrado. Grito y grito sonriendo mucho, bailando y brincando ¡¡Soy un cuervo, soy un cuervo!!

-¡Hola! Mi nombre es Aznara, ¿cuál es tu nombre?
-¿Mi nombre?, no tengo nombre. Siempre me decían que era de mala suerte, que era algo malo, que me alejara, que no viera, que me fuera a otra parte. Nunca, nunca me preocupe por un nombre, jamás lo hice.
-Mmmh, me gusta ese nombre para ti.
-¿Cuál?
-Nuncamás, ¿te gusta?
-“Nuncamás”, “Nuncamás”… ¡¡Me gusta mucho!!
-Ven, vamos a un árbol que tiene una buena vista desde ahí. ¡Ven!
-No puedo…
-¿Qué pasa?
-No sé… no sé volar; pero por favor, no te burles de mí, hoy no.
-Te enseñaré a volar, ¿te parece buena idea?
-¡¡Sí!!
-Lo primero que debes hacer es…

Aznara se dio cuenta que las plumas de Nuncamás tenían sangre, pero levemente en el enseñarle a volar le echo agua, le lavo esas plumas, y le contó todo lo necesario para volar. Nunca más, estaba emocionado, no podía creer su suerte.
Desde ese día, Aznara sanó cada una de las heridas de Nuncamás, y él contó toda su vida anterior. Pasaron muchas noches, primero noches, luego grandes días, muchas tardes en donde se quejaban del calor infernal. Han planeado juntos el encerrar al Sol, a Morfeo y conquistar el mundo con simples muñecos. Nunca más dice algo y Aznara le sigue el comentario, y viceversa. Desde ese día de abril, los dos cuervos han volado tantos días que un año se ha cumplido. Desde ese día no han dejado de volar,  y siguen volando en planes de conquista mundial; de ser tornados titánicos o terremotos que devoren al mundo.

-Oye, Nuncamás… ¿puedo preguntarte algo?
-Lo que quieras.
-¿Por qué si tenías alas, no intentabas volar como las demás aves? ¿Por qué esperaste mucho para volar?
-…porque estaba esperando el encontrarte, Aznara.

Hace un año que un par de cuervos se encontraron; Hace un año que una historia comenzó a escribirse al respecto, una historia con metáforas, poemas, antítesis, comparaciones, música… una historia que se transforma, crece, continúa. Un año ya, un año de vuelos juntos, de comenzar esa gran odisea. 

-Luis Antonio González Silva-